martes, 21 de mayo de 2013

PAPÁ SE ENFERMA

Blanquita crecía linda y fuerte. Aprendió a caminar y a decir las primeras palabras. Nos causaba admiración su fuerza, pues podía mover un asiento. Su entretención favorita era clavar puntillas en una pared del solar, que era de adobe. No me he explicado esa afición, ni por qué le proporcionaron un martillo de verdad y una caja de puntillas de una pulgada. Un día me acerqué a mirarla y me dio un martillazo en la cabeza.

Otro día tuvimos un susto terrible por causa de un bombón santandereano que me había salido en la sorpresa de una piñata. Era duro, del tamaño de un mamoncillo y la superficie estaba llena de turupes. Se me atoró en la garganta y me dificultó la respiración. Al tratar de gritar emitía un rugido espantoso. Mamá gritaba, papá me sacudía y con el alboroto llegaron los vecinos, pues las casas se comunicaban por los solares y los patios. Finalmente, con un golpe certero logró papá que arrojara lejos el bombón. La faena había durado tanto, que ya se habían gastado los turupes y el bombón estaba liso. Tal vez por eso fue que al fin salió. Pasé varios días con tanto dolor en la garganta, que se me dificultaba comer y hablar.

Por esta época comenzó el auge de los electrodomésticos  Un aparato eléctrico como la plancha, despertaba desconfianza y miedo entre las amas de casa y sus empleadas, por lo cual la Philips las entregaba gratuitamente en período de prueba por una semana. Si la plancha era aceptada, se podía pagar en cinco mensualidades de $1,00.

Con frecuencia íbamos a pasear al río Guadalajara, en donde el baño era muy agradable. En los prados de las orillas, volábamos las cometas de grandes dimensiones que hacía papá, en tela y con rumbadores.

Pero esos paseos a río trajeron graves consecuencias para su salud. Él solía dejar la ropa en una cerca de alambre, en donde se recostaba el ganado y así adquirió la tinomicosis, una extraña enfermedad que le da al ganado, pero nunca se había descubierto en los seres humanos.

Por esta novedad, se dispuso el regreso a Bogotá. El 6 de agosto de 1938 se cumplía el cuarto centenario de su fundación y se habían programado grandes festejos, entre ellos un gran revista aérea en el Campo de Santana, en donde se habían construido tribunas cubiertas para que las autoridades y los personajes ilustres pudieran apreciar el espectáculo.

Nuestro viaje se frustró por algún inconveniente, lo cual desilusionó mucho a mamá. En septiembre se llevó a cabo una gran parada militar en el Campo de Santana, como uno de los actos de celebración de la efemérides. Las tribunas estaban colmadas por destacadas personalidades, entre ellas el presidente saliente Alfonso López Pumarejo y el entrante, Eduardo Santos.

Lo más importante iba a ser la revista aérea con las escuadrillas perfectamente formadas y las acrobacias ejecutadas por los aviadores. De pronto, un avión Hawk cuyo piloto, quiso hacer un saludo a los presidentes, rozó con un ala el techo de la tribuna, perdió el control y cayó causando una tragedia en la que murieron setenta y cinco personas y más de cien que resultaron con quemaduras graves. Misael Pastrana Borrero, muy joven, estaba presente. Tuvo que ser sometido a varias cirugías en el rostro de las cuales quedó con una sonrisa permanente, que lo favoreció en su vida política.

Mamá le agradeció al Señor de los Milagros los inconvenientes para el viaje, ya que teníamos puesto reservado en las tribunas por ser papá oficial del ejército.

Después de esto, llegamos a Bogotá para que papá fuera tratado por los médicos del Hospital Militar, que entonces quedaba en San Cristobal. Mientras estuvimos en Buga, los Ortiz habían vuelto a su casa de la Calle 9a. Nosotros nos instalamos provisionalmente en la Pensión Atenas que quedaba a la vuelta, en la carrera 6a entre las calles 8a y 9a. Era una casa inmensa, de un piso, pero por el declive del terreno en la Candelaria habían construido al frente un semisótano, en donde funcionaba una tipografía. Tenía un jardín central rodeado de habitaciones; luego, el comedor y los baños que eran compartidos porque no los había en cada habitación. Atrás había otro patio con cuartos de menor categoría y, al fondo, un gran solar con árboles y columpios. Nosotros ocupamos las habitaciones del frente, con ventanas a la calle.

Esa casa sirvió después como residencia para jóvenes universitarias, administrada por monjas. Tuve la oportunidad de volver para estudiar con Yanira Olaya, mi compañera de la facultad de Filosofía y Letras, quien se alojaba allí.

Esa residencia era conveniente por la cercanía al Hospital Militar, al que papá tenía que ir constantemente para someterse a los exámenes necesarios para el diagnóstico.

Se le había formado una llaga en la mitad del pecho, que cada día se ampliaba y se profundizaba. Agotados los recursos médicos de la época, los médicos diagnosticaron cáncer y lo desahuciaron  Se preveía una metástasis y ningún médico quería hacerse cargo de él. Sin embargo, lo sometieron a una cirugía de limpieza que le dejó una cavidad tan grande, decía él, que tenía el diámetro de un limón y la profundidad de un cigarrillo. Se hizo tomar fotografías. Las monjas del Hospital lo curaban con panela raspada y la cavidad se fue llenando hasta que quedó solamente la cicatriz. Papá no aceptó el diagnostico y comenzó a investigar por su cuenta. Encontró lo datos de un médico ruso, el doctor Finiciff, que había tratado casos similares de tinomicosis.

Como llegamos en octubre, era preciso esperar al año siguiente para que Alberto continuara sus estudios y yo entrara al colegio. Mientras tanto, Benildita Ortiz ofreció darme clases de piano. Mamá aceptó y yo tuve que ir, sin tener la menor disposición.

Benildita se quedó soltera porque cuando Enrique Fandiño pidió su mano, el padre se la negó aduciendo que estaba muy joven; en cambio, le ofreció la mano de Ramona, la mayor. Enrique aceptó de buen grado, porque las dos hermanas eran igualmente lindas, rubias de ojos azules. En una fotografía que tomó papá cuando estaba de novio con mamá, aparece toda la parentela Fandiño Ortiz, Ortiz Jiménez y Rodríguez Ortiz. Ramona es una matrona que está sentada al frente. La rodean sus hijos, ya mayores pues Ramoncito viste de sotana. En la fila de atrás está Enrique Fandiño junto a Benildita, susurrándole algo al oído. Tal vez algo romántico, pero inocente.

Enrique y Ramona constituyeron un matrimonio prolífico: tres hijas monjas, un sacerdote, Ramón; Carlos y Antonio, solteros; Joaquín, el único que se casó y Rosita, soltera, dedicada al canto y al piano. Su canción preferida, la que interpretaba en todas las reuniones comenzaba: "Si yo encontrara un alma como la mía..." Tal vez, nunca la encontró.

Benildita me daba la clase y me dejaba haciendo ejercicios en esa sala penumbrosa  pues solamente abría el postigo más cercano al piano. Los muebles seguían cubiertos por sábanas blancas. Una vez, aburrida, pasé un dedo por sobre el marfil de una tecla con tan mala suerte que se despegó la lámina. Me asusté, cerré el piano  me despedí de mi maestra y subí al tercer piso para recoger mi sobretodo, que se había quedado en la alcoba de Lucy. Al entrar, vi en un rincón un fantasma que se movía y se me acercaba. Presa del pánico salí corriendo y gritando, di un traspié y caí de bruces en el patio. Mamá y Tita salieron de otra habitación en mi auxilio, sin explicarse qué pasaba. Al fantasma se le cayó la sábana y quedó al descubierto: era Lucy, que había cogido un plumero largo, de los que se usaban para limpiar las telarañas del cielo raso, tan alto en las construcciones antiguas; había puesto en el extremo un sombrero de Manuel, de los de media calabaza; lo había cubierto con la sábana y se había metido debajo para mover el palo.

Tita la reprendió porque no estaba bien que una señorita ya presentada en sociedad, se divirtiera asustando a su primita de ocho años. Esto, y mi confesión con respecto a la tecla, dieron fin a mis lecciones de piano. Tita y mamá buscaron discretamente un técnico que arreglara el desperfecto, antes de que Manuel se diera cuenta.

Algunas veces me llevaban a las fiestas de los Ortiz. Eran invitadas frecuentes la soprano Alicia Borda y su hermana Julia, casada con el profesor Rochester, distinguido intelectual y catedrático de la Universidad Nacional, de raza negra. Humberto no sabía apreciar el "bel canto"; cuando Alicia Borda entonó el "chi rivi riví" por solicitud de los asistentes, a Humberto lo acometió un terrible acceso de risa; yo lo sorprendí debajo de la escalera, todo morado, mordiendo un pañuelo.

En 1939 estalló la segunda guerra mundial. Las comunicaciones con Europa eran muy difíciles pero papá logró establecer correspondencia con el doctor Finikoff. Él le recomendó un tratamiento con inyecciones intravenosas, preparadas en aceite de maní. Serían veinte inyecciones, por lo menos. Consiguió que se las prepararan, pero no lograba conseguir quien se las aplicara, por el peligro de una embolia. Dio con un enfermero a quien ya se le había muerto un paciente y le aseguró que ya no se le podría morir otro. El enfermero aceptó y comenzó el tratamiento.

Durante esta enfermedad, mamá seguía prendida del Señor de los Milagros y pensaba qué podría hacer ella si papá llegara a faltar. Su alternativa sería volver a San Juan Nepomuceno y acogerse a la protección del abuelo. Cuando iban por la inyección número doce, papá sufrió un amago de embolia. Fue hospitalizado y lo superó, pero decidió suspender el tratamiento para no correr más riesgos. Sin embargo, las doce inyecciones fueron suficientes y se curó.

Papá viajaba con frecuencia en giras de reclutamiento. Cuando le tocaba por la región del Magdalena, salíamos a recibirlo a alguna de las estaciones del ferrocarril a Girardot. Nos encantaban las frutas, las arepas y las gallinas criollas que los campesinos sacaban a vender, así como los perfumados jazmines.