jueves, 29 de noviembre de 2012
LA FUERZA DEL MESTIZAJE
La fuerza del mestizaje o El cacique de Turmequé, recrea la vida de don Diego de Torres el cacique de Turmequé: hijo de princesa chibcha y de conquistador español, constituye el símbolo de un noble mestizaje. El historiador boyacense Ulises Rojas lo rescató para la posteridad, mediante sus investigaciones en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Nos lo presenta como el verdadero Precursor de la Independencia en El cacique de Turmequé y su época, obra de gran erudición y rica en documentos históricos Esta novela se ha basado en la obra de Ulises Rojas y en otras fuentes para contar en estilo ágil y ameno la historia de este valiente mestizo, cuyo destino supera la ficción de una novela de aventuras.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
EL FINAL DE LOS DIOSES CHIBCHAS.
Relata los incidentes del viaje emprendido por el gobernador de Santa Marta y un grupo de colonizadores españoles que incluye misioneros y mujeres, con destino al Nuevo Reino de Granada.
Estos personajes y otros que vienen de "El ultimo cacique de la sabana", viven el momento histórico en que se enfrentan la cultura chibcha y la hispánica. Los intentos de rebelión fracasan, los santuarios son destruidos y los ídolos de oro fundidos en lingotes. Pero el amor, la esperanza y los anhelos de libertad siguen vigentes.
Bogotá, Maria Luz Arrieta. D.R.A.
jueves, 22 de noviembre de 2012
La saga de los chibchas.
En las páginas de mis novelas históricas
descubro el legendario mundo prehispánico en la región que ocupa hoy Colombia.
En la cordillera oriental desde
el altiplano cundiboyacense hasta la Guajira, habitaron los chibchas. Mal llamados
hoy los muiscas, que es una degeneración de la palabra moscas, con que
despectivamente los conquistadores españoles se referían a las multitudes indígenas.
Es frecuente en la evolución de la lengua española que la letra o se diptongue en ui.
En la costa caribe y en los
valles del Cauca y el Magdalena habitaron los caribes, nómadas sin arraigo que asaltaban
los poblados chibchas para robar el oro, los textiles, la sal, las cosechas de maíz
y, lo que era peor, las mujeres y los niños.
La saga está compuesta por tres
novelas:
- - El último cacique de la sabana.
- - El final de los dioses chibchas.
- - La fuerza del mestizaje o El cacique de turmequé.
El ultimo cacique de
la sabana.
Nos conduce a la cotidianidad del
pueblo chibcha, a sus labores, a sus fiestas religiosas y a sus eventos
deportivos.
Su civilización se vio destruida
con la irrupción de la sangrienta conquista española.
Los personajes históricos y otros
posibles, creados dentro de los cánones de la antropología, vivieron el heroísmo
y la humillación, el amor y el dolor, la tortura, el despojo y la servidumbre,
en una epopeya que nos permite comprender la grandeza de nuestros ancestros aborígenes.
Bogotá, PANAMERICANA EDITORIAL, derechos reservados.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
La estatua decapitada.
Cuando empecé a organizar mis recuerdos sobre
el palacio de justicia, quise puntualizar algunos nombres y episodios que
hubieran podido escapar de mi memoria.
Entonces me dirigí al nuevo palacio de
justicia “Alfonso reyes Echandia”. Lo pisaba por primera vez. Me pareció
inmenso y solemne, aunque frio y poco acogedor.
El gran patio ocupa casi el mismo sitio que
ocupó el patio central del edificio que había sido inaugurado en 1978 y
reducido a cenizas en 1985. En aquel histórico patio, por el que circulé tantas
veces, ya no campeaba la estatua del prócer boyacense José Ignacio de Márquez.
Prócer emblemático de la justicia, en cuyo nombre se otorga la mas alta
condecoración a que puede aspirar jurista alguno.
La estatua de bronce que fue testigo mudo del
holocausto que decapitó a la justicia con el asesinato de once magistrados de
la corte suprema de justicia y mas de cien ciudadanos entre empleados,
visitantes soldados y guerrilleros.
Me impresionó penosamente ver el gran patio
con una elegante plataforma en la cual no
estaba la estatua de José Ignacio de Márquez.
Indagué por ella infructuosamente: ni el
director de la biblioteca Javier Naranjo ni la secretaria de presidencia Stela
rojas ni los empleados en general, tenía noticias de la escultura. Era lógico:
en veinte años la nomina se había renovado totalmente y el nuevo personal no
había conocido el antiguo palacio ni la estatua.
Proseguí mi investigación consultando el
archivo de prensa que yo misma había elaborado.
Cuando se presentó en el museo nacional la
exposición de los guerreros chinos de terracota, fui a visitarla. Al salir por
el patio que da a la calle 28, vi con gran sorpresa la estatua de José Ignacio
de Márquez. Estaba decapitada, pero la reconocí por los pliegues de la toga y
el libro en la mano.
Los directivos del museo me informaron que les
había sido donada por el consejo superior de la judicatura en 1998, justamente
cuando se inauguró el nuevo palacio Alfonso Reyes Echandia y fue ocupado por
las altas cortes.
El consejo de la judicatura la había tenido en
una bodega, como un objeto inútil y estorboso.
El museo la recibió ya decapitada. No se como
pudo perder la cabeza. En todo caso, no fue por las bombas ni los cañonazos que
estallaban durante el combate, porque en un documental de Ramón Jimeno aparece
intacta en el patio, en medio de los escombros.
Publiqué el libro” entre la barbarie y la
justicia” a finales de 2007. En la caratula aparece la estatua decapitada para
constatar que, igualmente, la justicia quedo decapitada con el asesinato de 11
magistrados de la corte suprema de justicia y que la estatua debía ser
instalada en el palacio de justicia, como un recordatorio del holocausto y un
mensaje de “nunca jamás”.
Hablé con varios magistrados y les obsequie
sendos ejemplares de mi libro. Me ofrecieron tratar el tema en la sala de
gobierno. Envié notas a la prensa, divulgué la idea entre amigos y conocidos,
Pero pasaba el tiempo sin ningún resultado.
En abril de 2010, cuando se iban a cumplir los
25 años, me presenté ante el entonces presidente de la corte, doctor Jaime Arrubla
Paucar.
Me recibió muy amablemente, y le entregué una
carta que leyó atentamente. Me dijo que presentaría la iniciativa a la sala de
gobierno y me responderían. Pero pasaban los meses y no recibía respuesta.
Posteriormente conversé con el periodista Jorge
Cardona sobre la estatua decapitada. Él había leído mi libro y me había
expresado su concepto, muy gratificante, especialmente por provenir de un
periodista y catedrático tan respetado.
El lunes 30 de agosto de 2010 publicó en página
judicial del espectador, una excelente crónica titulada LA EFIGIE QUE PERSIGUE
A LA JUSTICIA. En ella expone que la estatua presenció la destrucción de dos
palacios de justicia en 1948 y en 1985, y que quienes reconocen su valor
histórico opinan que debe regresar a la sede de las cortes.
Esta crónica motivó a los magistrados de la
corte para acelerar las diligencias por su recuperación.
La directora del museo nacional, doña Marcela
Lleras se negó a devolverla con el argumento válido de que es una pieza de
museo que pertenece a todos los colombianos.
La opción fue ordenar una replica de la estatua
gemela que se encuentra en Ramiriquí.
El viernes 4 de noviembre de 2010 se conmemoró
el vigésimo quinto aniversario del holocausto en un acto solemne en la sede de
la corte suprema de justicia, durante el cual se develó la estatua del prócer. El
doctor Arrubla me hizo el honor de llamarme para colaborar en el retiro del
velo, junto con varias funcionarias de la corte.
Meses después visité de nuevo el palacio, con
la esperanza de ver la polémica estatua presidiendo desde la plataforma de
mármol el inmenso patio.
¡Que desilusión! La plataforma continuaba
vacía. Pregunté el motivo y me respondieron textualmente: “porque el consejo
superior de la judicatura se opone, pues quiere instalar ahí una estatua de
Santander”.
No podía dar crédito a mis oídos, pero me
había informado una persona autorizada. ¿Con qué derecho el citado consejo, que
no es superior ni a las cortes ni al consejo de estado, controvierte una
determinación de la corte suprema de justicia?
Tuvo doce años para haber instalado la estatua
de Santander desde 1998 hasta 2010. Pero solo se le ocurrió cuando vio que el
sitio de honor iba a ser ocupado por el prócer emblemático de la corte suprema
de justicia.
Hablé nuevamente con Jorge Cardona, Quien me
ha ayudado mucho en la divulgación de mi libro y en mi campaña en pro de la
recuperación de la estatua.
Tuve la satisfacción de leer en El Espectador
del 20 de julio de 2011, una magnifica crónica, muy bien documentada y plena de
fino humor, escrita por uno de sus colaboradores, el periodista Juan Sebastián
Jiménez.
El solo titulo resume la historia: “Una pelea
de casi 200 años”. Dice que Santander y Márquez, hoy convertidos en estatuas se
siguen enfrentando como lo hacían por motivos políticos y de faldas, pues no en
vano los dos estaban enamorados de Nicolasa Ibáñez.
De todos modos, hay suficiente espacio para
las dos estatuas.
La de Santander quedaría muy bien ubicada
delante de la fachada, bajo su famoso lema: “Colombianos, si las armas os
dieron la independencia, las leyes os darán la libertad”. Además, quedaría
enfrentada a la de Bolívar, con un gran significado histórico y político.
Entre la barbarie y la justicia: Capitulo XIII "Una anécdota curiosa".
Capítulo XIII
Una anécdota curiosa
Mi nombramiento como Bibliotecaria de la Corte Suprema de Justicia, se debió en parte a un hecho acaecido muchos años atrás: el conflicto con el Perú.
Mi padre, Julio Arrieta Andrade, un personaje inolvidable, era médico cirujano. En aquel tiempo la medicina era un verdadero apostolado que exigía a los profesionales un sexto sentido que se conocía como el ojo clínico, pues la ciencia no contaba con los elementos técnicos que ayudan hoy al diagnóstico.
Cuando se declaró la guerra con el Perú, su patriotismo lo llevó a alistarse en el Ejército. Su primera misión fue en la Base Aérea de Palanquero, el puerto sobre el río Magdalena, en donde nació la aviación militar. Pilotos alemanes cesantes tras el fin de la Primera Guerra Mundial, instruían a los aviadores colombianos. Eran héroes que cruzaban las montañas sin más ayuda que la brújula y una copa de aceite para medir el nivel del aparato y compararlo con el horizonte.
En Palanquero, la tropa y los oficiales se enfermaban de paludismo. Mi padre instó al Comandante para que ordenara desecar los pantanos que constituían el foco de reproducción del anofeles, y a los pacientes los trató con quinina.
Cumplida esta misión fue nombrado Director del hospital de Potosí, sobre el río Orteguaza, más abajo de Florencia, fundado expresamente para atender a las víctimas del conflicto armado. No había pistas de aterrizaje en la selva, pero sí ríos caudalosos propicios para el acuatizaje.
Potosí era un paraíso en medio de la selva. El clima era benigno, aunque cálido; no había plagas, ni indios salvajes, ni peces carnívoros como se especulaba; los huitotos y los coreguajes eran amistosos; el río ofrecía un baño delicioso con su lecho de arena suave y sus aguas mansas.
No llegaron muchos heridos de bala en el combate, pero sí muchos enfermos de paludismo, beriberi y demás enfermedades tropicales. La mala alimentación en campaña, sin frutas ni legumbres, les bajaba las defensas. Según contó el coronel Herbert Boy en su libro “Una historia con alas”, el almuerzo consistía en fríjoles con arroz y la cena, para variar, en arroz con fríjoles”.
Mi padre se dedicó a cultivar una huerta con tomates, berenjenas, zanahorias y otras legumbres; organizó un gallinero y una cría de cerdos; colonos cercanos mataban reses y surtían el hospital con excelente carne; el río ofrecía abundante pesca; los aviones militares transportaban medicamentos y mercados; los indios llevaban frutas para canjearlas por otros alimentos, en especial unas piñas blancas muy dulces.
Pronto se tuvo noticia en Bogotá de los atractivos de Potosí, y fue llamado el “Hotel Granada del Sur. Cuando se supo que el doctor Arrieta había llevado a su propia familia, los aviadores y los oficiales comenzaron a llevar a sus esposas e hijos, a pasar temporadas.
Un buen día llegaron en una lancha unos visitantes muy distinguidos: la esposa del Intendente del Caquetá con un grupo de amigas y un niño de unos doce años. No llevaban más escolta que el maquinista de la lancha. Habían salido de paseo río abajo, con la intención de regresa a Florencia el mismo día; no llevaban equipaje alguno sino solamente los vestidos de baño.
A los visitantes les gustó tanto ese paraíso selvático y fueron tan bien atendidos por mis padres, que decidieron quedarse varios días. Y su estadía se habría prolongado aún más, de no haber sido por un telegrama urgente que el Intendente le envió a mi padre y que decía escuetamente: Atájelas.
A mis tres años se me grabó el nombre del niño, Chepito Esguerra, porque mamá lo nombraba con frecuencia cuando se lo ponía como ejemplo a mi hermano Alberto, por su educación y sus buenos modales. –“¿Señora Marujita, se podrá repetir? –preguntaba comedidamente cuando alguno de los alimentos era de su especial agrado.
Como pude comprobar cuarenta y cuatro años más tarde, el niño de entonces había atesorado recuerdos imborrables de la aventura vivida en el corazón de la selva, cuando se bañaba en ese inmenso río en el que se podía jugar en la orilla, pero que sólo los nadadores expertos se atrevían a cruzar; cuando en compañía de un grupo de cazadores, oficiales y soldados, abriendo trocha con machetes, lograban un chigüiro de carne deliciosa o cuando pacientemente esperaban a que picara algún bagre para la cena. Tampoco había olvidado a los indios que en rudimentario castellano definían así su filosofía de la vida: “Canoa teniendo, mujer teniendo y harta chaquira teniendo... ¡qué más queriendo!”.
Cuando supe que la Bibliotecaria de la Corte Suprema de Justicia se iba a pensionar, me presenté en el Alto Tribunal con una carta de mi amigo el abogado Eduardo Santa para su colega José Eduardo Gnecco Correa, Magistrado de la Sala Laboral, y le hablé de mi aspiración a ocupar tan honroso cargo.
El doctor Gnecco me atendió amablemente y me condujo al Despacho del Presidente. Su nombre impreso bajo la placa de bronce que decía “Presidencia”, me intimidó no poco: José María Esguerra Samper.
El Presidente acogió mi solicitud con benevolencia y me pidió que llevara la hoja de vida . Al salir del Despacho, el doctor Gnecco se despidió familiarmente con un “Adiós, Chepe”. Y se me hizo la luz: el Presidente de la Corte Suprema de Justicia ¡era Chepito Esguerra!
Mi padre había sido un gran aficionado a la fotografía. Con una cámara Kodak de fuelle, había capturado imágenes de los lugares exóticos e interesantes a donde le llevó su trasegar como médico militar. Naturalmente, no podían faltar las fotografías de Potosí que yo había visto muchas veces en el album familiar.
Al llegar a mi casa las busqué y las hallé fácilmente. Mi padre las ordenaba cronológicamente y les escribía el año en una esquina. Ëstas estaban fechadas en 1935. Se veía el grupo de las señoras exploradoras en traje de baño, al lado de la lancha, con el paisaje selvático al fondo. Al lado de ellas, Chepito Esguerra como su edecán. En algunas aparecía yo, a mis tres años, con una gran corrosca que me protegía del sol.
Volví a la Corte llevando mi hoja de vida y, también, las fotografías. Cuando el doctor José María Esguerra Samper las vio, se emocionó y comenzó a identificar a las señoras, comenzando por su tía doña Saturia Samper. Luego preguntó por mí y le enseñé la niña con corrosca. –¿Y su papá en dónde está? –Él tomó las fotos. –¿Dónde puedo conseguirlas? –Son suyas, doctor.
El hecho de haber despertado las simpatías del Presidente con los recuerdos de Potosí, no era suficiente para que considerara mi solicitud. Pero, modestia aparte, mi currículo era excelente y cumplía con todos los requisitos de la recién promulgada Ley de Bibliotecología. Aunque mi título universitario no es en Bibliotecología sino en Filosofía y Letras, ya había trabajado más de tres años en bibliotecas oficiales, como Jefe de las bibliotecas públicas de Colcultura y como Subdirectora de la Biblioteca Nacional.
Todos los nombramientos de la Corte Suprema de Justicia debían ser aprobados por la Sala Plena. El doctor Esguerra y el doctor Gnecco planearon mi campaña electoral: cada uno hablaría con los Magistrados más amigos. El doctor Esguerra me contó con su fino humor, que había preguntado a sus colegas si querían ver una foto en la que estábamos los dos; ellos aceptaban suponiendo que sería reciente, tomada en algún evento social o académico y sentían curiosidad por conocer el aspecto de la aspirante a Bibliotecaria. Pero yo tapo la fecha con el dedo –me decía– porque la perjudica.
En la Sala Plena fui elegida por una votación de veintitrés contra uno. Los Magistrados Esguerra y Gnecco se preguntaban quién sería el que votó en contra. “Debió ser Gustavo Gómez Velásquez –dijo el doctor Gnecco– porque siempre me lleva la contraria”. Pero no lo he creído, porque él siempre fue muy deferente conmigo.
En 1984, el doctor José María Esguerra Samper se retiró de la Corte Suprema de Justicia. El doctor José Eduardo Gnecco Correa fue una de las víctimas del Holocausto, porque ese era su destino. Había salido del Palacio para dictar su cátedra de Derecho Laboral en la Universidad de El Rosario, pero se devolvió porque había olvidado el Código. La secretaria de un Magistrado vecino a su Despacho se sorprendió al verlo de regreso y le preguntó el motivo. “Y usted para qué quiere el Código –bromeó ella– si se lo sabe de memoria?”
En su despacho lo estaba esperando un vendedor de libros, quien lo entretuvo unos pocos minutos, pero fueron los suficientes para que entrara el M-19.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Entre la barbarie y la justicia: Capitulo VI "La tragedia del cuarto piso".
La tragedia del cuarto piso
El incendio frustró los planes del M-19 de establecer un pleno y total dominio del cuarto piso con los rehenes fundamentales, es decir los Magistrados, y por eso se vieron obligados al desplazamiento de uno a otro baño, llevando consigo a los civiles que ya tenían en su poder.
Iniciado el asalto a las 11:40 de la mañana del miércoles 6, los jefes subversivos situaron estratégicamente a sus combatientes en el primer piso. Una vez tomado, el siguiente propósito de los guerrilleros había sido ocupar piso por piso hasta llegar al cuarto, en donde esperaban aprehender al Presidente Alfonso Reyes Echandía y a otros Magistrados en calidad de rehenes fundamentales, con el fin de presionar a la Corte para que sometiera a juicio al Presidente de la República, Belisario Betancur, por lo que consideraban el incumplimiento a los acuerdos de paz celebrados recientemente con el M-19.
En las escaleras al cuarto piso fueron repelidos por don Gonzalo Viracachá y varios escoltas de los Magistrados. Pero las fuerzas eran muy desiguales y los escoltas tuvieron que replegarse. Los asaltantes siguieron avanzando.
Se ignora en qué forma irrumpieron el comandante Luis Francisco Otero Cifuentes y sus hombres a la Sala Penal, en donde se encontraba el Presidente de la Corte, y los términos en que le comunicaron su aprehensión. Siguieron recorriendo el cuarto piso, capturando a los Magistrados que encontraron y concentrándolos en el mismo lugar.
Esto lo confirmó el mismo Presidente Alfonso Reyes Echandía en conversación telefónica con el General Víctor Delgado Mallarino, al informarle que se hallaba en compañía de ocho Magistrados, aunque sin citar sus nombres. (20) Ellos eran: Fabio Calderón Botero, Pedro Elías Serrano Abadía y Darío Velásquez Gaviria, los tres de la Sala Penal; Carlos Medellín Forero, Ricardo Medina Moyano, y Alfonso Patiño Roselli, de la Sala Constitucional; José Eduardo Gnecco Correa y Fanny González Franco, de la Sala Laboral. Los demás Magistrados que tenían sus despachos en el cuarto piso, tuvieron la suerte de encontrarse ausentes en esos momentos.
En el cuarto piso se encontraban las siguientes dependencias de la Corte Suprema de Justicia: en el ángulo de la carrera séptima y la Plaza de Bolívar estaba la Sala Plena; sobre la carrera séptima estaban los despachos de los Magistrados de las Salas Constitucional y Penal; sobre la calle 12, los despachos de los Magistrados de la Sala Laboral. Los Magistrados de la Sala Civil tenían sus oficinas en el tercer piso.
El Presidente de la Corte Alfonso Reyes Echandía trataba de comunicarse inútilmente con el Presidente de la República, Belisario Betancur. Por medio de la cadena radial Todelar, que logró contacto telefónico con él, insistía en su demanda: “Por favor, que nos ayuden, que cese el fuego. La situación es dramática. Estamos rodeados aquí de personal del M-19. Por favor, que cese el fuego inmediatamente. Divulgue esto ante la opinión pública, esto es de vida o muerte”. (21)
El doctor Álvaro Villegas Moreno, Presidente del Congreso, desde su oficina en el Capitolio Nacional estuvo atento al desenvolvimiento de los hechos. En varias oportunidades sostuvo conversaciones telefónicas con el Presidente de la Corte, quien le solicitó insistentemente su mediación ante el Presidente de la República, para que ordenara el alto al fuego, con el fin de dialogar. Uno de los guerrilleros pasó al teléfono y le notificó: dígale al señor Presidente que si siguen disparando vamos a volar el Palacio de Justicia, tenemos en el sótano dinamita suficiente para hacerlo y que nos morimos todos, pero dígaselo urgentemente.
El doctor Álvaro Villegas Moreno declaró al Tribunal de Instrucción: Transmití de nuevo al señor Presidente los mensajes recibidos y le dije que el doctor Reyes estaba esperando su llamada, el señor Presidente me dijo que al parecer el teléfono estaba desconectado, porque allí no contestaban. Yo le aclaré que no podía ser cierto porque yo acababa de colgar el teléfono y de hablar con el doctor Reyes; notificaba que los iban a matar a todos. El señor Presidente me dijo: “quiero contarle a usted solamente que yo no voy a negociar, que he tomado esta decisión y la he consultado con los señores expresidentes“. (22) En el momento del asalto, estaba reunida la Sala Constitucional, con sus cuatro integrantes: los Magistrados Alfonso Patiño Roselli, Manuel Gaona Cruz, Carlos Medellín Forero y Ricardo Medina Moyano, acompañados por el secretario de la Sala, doctor Ricardo Correal Murillo. En los despachos se encontraban sus respectivas auxiliares Lyda Mondol de Palacios, Ruth Zuluaga de Correa y Rosalba Romero Díaz. En la oficina del doctor Medina Moyano, por el reciente retiro de su auxiliar, se encontraba el citador Héctor Darío Correa Tamayo, estudiante de Derecho.
En los despachos de la Sala Laboral se encontraban la Magistrada Fanny González Franco, en compañía de su auxiliar Cecilia Concha Arboleda y el Magistrado Auxiliar Jorge Alberto Echeverri Correa; el Magistrado José Eduardo Gnecco Correa con su secretario Hermógenes Cortés Omelín, y el Magistrado Nemesio Camacho Rodríguez con su auxiliar Ana Lucía Bermúdez de Sánchez.
A esa hora laboraban en sus despachos los Magistrados de la Sala Penal Fabio Calderón Botero, Alfonso Reyes Echandía, Pedro Elías Serrano Abadía y Darío Velásquez Gaviria; los Magistrados Auxiliares Emiro Sandoval Huertas y Julio César Andrade Andrade; con las auxiliares María Janeth Rozo Rojas, Isabel Méndez de Herrera, María Teresa Muñoz de Jiménez, María Cristina Herrera Obando, Beatriz Moscoso de Cediel, Libia Rincón Mora y Nury de Soto de Piedrahita.
Durante toda la tarde, el Presidente Reyes Echandía pidió reiteradamente el alto al fuego. La última comunicación telefónica con él, la tuvo el Presidente del Senado a las 7:15 de la noche. A partir de esa hora, no hubo más diálogos telefónicos con el doctor Alfonso Reyes, pero en el interior del Palacio se escuchaban sus súplicas: por favor, no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tenemos heridos, necesitamos a la Cruz Roja..., hay dos señoras embarazadas que necesitan atención médica... Estas súplicas, declaró el Consejero de Estado Jorge Valencia Arango, las escuché hasta cuando abandoné el Palacio de Justicia a las 11:30 del miércoles 6 de noviembre de 1985. (23)
El Presidente repetía su clamor con breves intervalos, y cada vez le respondían con descargas de ametralladoras, rockets y toda clase de armas. El fuego se desató con mayor intensidad en el ala oriental del cuarto piso, impidiendo la salida de todas las personas que se encontraban en ese sector. Desgraciadamente, los ruegos del Presidente, como prueba de vida, no se escucharon más. Con él murieron los ocho Magistrados que lo acompañaban y los demás rehenes. La misma suerte corrieron el comandante Otero y sus hombres. El fuego borró todas las evidencias.
Los Magistrados de Instrucción Jaime Serrano Rueda y Carlos Upegui Zapata, concluyen así este fatal desenlace: “Los autores de este informe no se aventuran a señalar las verdaderas causas de la muerte de los rehenes y guerrilleros. No se sabe quiénes alcanzaron a morir antes del fuego ni qué pudo haber originado su muerte, pues, no escapó una sola persona de ese piso que pueda ofrecer alguna versión y en el proceso tampoco aparecen referencias de testigos que hayan podido observar a distancia, el desenvolvimiento de los hechos o haber escuchado gritos de auxilio, lamentos y otras exclamaciones en algún sentido. Sobre el particular, como es de rigor, debemos atenernos al dictamen de los médicos legistas y en los correspondientes protocolos de autopsia”. (24)
martes, 23 de octubre de 2012
Razones para escribir "Entre la barbarie y la justicia".
Razones para escribir
Entre la barbarie y la justicia.
Cuando se apagaron las últimas
llamas del incendio del Palacio de Justicia, los sobrevivientes fuimos citados
a la Casa de la moneda, a pocas cuadras de la plaza de Bolívar.
El encuentro fue emotivo: a la
alegría de encontrarnos con los compañeros, se mezclaba el dolor por la muerte
de los que no llegaron.
Pero la vida sigue adelante. Era
necesario albergar en alguna parte a la corte Suprema de
Justicia y al consejo de Estado, reconstruir los procesos perdidos, completar la nómina de los Magistrados y crear una nueva biblioteca.
Justicia y al consejo de Estado, reconstruir los procesos perdidos, completar la nómina de los Magistrados y crear una nueva biblioteca.
La prensa y los demás medios de
comunicación se ocuparon por algún tiempo de la gran tragedia de la Justicia.
Pero los acontecimientos de nuestra historia se suceden tan vertiginosamente,
que los medios no alcanzan a dar seguimiento a los hechos cumplidos por cubrir
los nuevos.
En una semana se produjo el hecho
trágico de la desaparición de Armero, por la avalancha del rio lagunilla
causada por la erupción del volcán nevado del Ruiz. Luego, la era del terror
desatada por Pablo Escobar; el paramilitarismo, la guerrilla, el narcotráfico y
los secuestros; los asesinatos selectivos por manos de sicarios como los de el
Magistrado Hernando Baquero Borda, Enrique Low Murtra, Guillermo Cano, Jaime
Garzón, Luis Carlos Galán Sarmiento, Álvaro Gómez Hurtado, Eduardo Umaña
Mendoza y otros tantos periodistas y defensores de derechos humanos.
Así, lo del palacio de Justicia
fue quedando en el olvido. Al cumplirse un año, el 6 de noviembre de 1986,
busqué inútilmente en los periódicos algún homenaje a los Magistrados
sacrificados o alguna noticia sobre las investigaciones en curso. Pero
solamente encontré en El Espectador una caricatura, en la que aparecen dos
individuos: “Hoy hace un año del palacio de Justicia” dice el primero, a lo que
responde el otro: “¿Cuál Palacio, cuál Justicia?”.
En los años que siguieron, me
dediqué a reconstruir la biblioteca solicitando donaciones, clasificando y
catalogando libros, atendiendo las consultas de los Magistrados y de otras
entidades como el Consejo Superior de la Judicatura y la Corte Constitucional,
las cuales por su reciente creación, todavía no tenían bibliotecas organizadas.
A pesar de las malas noticias, fue
una época de paz interior, durante la cual disfrutaba inmensamente de mi
familia. Mis seis hijos fueron creciendo y progresando en el ejercicio de sus
profesiones. Han fundado sus propios hogares y me han dado once nietos que me
llenan de orgullo y felicidad.
Los hechos del Palacio de
Justicia solamente los recordaba para dar gracias a Dios por mi “segunda
oportunidad”.
Oportunidad que aproveché para
completar la saga de los chibchas, que consta de tres novelas históricas: “El
ultimo cacique de la sabana”, “El final de los dioses chibchas” y “La fuerza
del mestizaje o El cacique de turmequé”.
Al aproximarse el vigésimo
aniversario de la tragedia del Palacio de Justicia, se empezó a descorrer el
velo que había tratado de ocultar la verdad sobre tan doloroso episodio en la
historia de Colombia y, especialmente, en la historia de la Justicia.
Los partidos políticos habían
celebrado un “pacto de caballeros”, para que la opinión pública no se enterara
de la verdad de los hechos.
Cuando se posesionó como fiscal
general de la nación el doctor Mario Iguarán, los medios de comunicación
abrieron espacios para debatir el tema del asalto del M-19 al Palacio de
Justicia el 6 de noviembre de 1985, y de la consecuente retoma por parte de las
Fuerzas Armadas, con un exceso de beligerancia que convirtió la sede de la
Justicia en un campo de batalla.
En las Universidades y Academias,
así como en los círculos sociales se tomó conciencia de lo ocurrido veinte años
atrás.
Mis amigos me instaron a escribir
lo que les había contado en visitas y tertulias, sobre mi experiencia como
sobreviviente de la tragedia. Especialmente, mi inolvidable amiga la
historiadora Carmen Ortega Ricaurte. Habíamos sido condiscípulas en el colegio
Alvernia y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional.
Siempre la consideré mi mentora y consejera. En una reunión en su casa, me dijo
cariñosamente: “Siéntate a escribir, y es una orden”. Su amable orden fue para
mí un estimulo, que no pude desconocer.
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