lunes, 29 de abril de 2013

CONOCÍ LA SELVA

El primero de septiembre de 1932, los peruanos invadieron el puerto de Leticia sobre el río Amazonas y expulsaron a las autoridades Colombianas. El presidente Olaya Herrera llamó a la cúpula militar, encabezada por el general Alfredo Vásquez Cobo, para dirigir las operaciones armadas. Los colombianos, divididos como siempre entre liberales y conservadores, cesaron su enfrentamiento y apoyaron unidos la soberanía nacional. Los ciudadanos contribuyeron con dinero y joyas para financiar la guerra. Muchos donaron sus argollas de matrimonio. Mis padres no quisieron desprenderse de ellas y colaboraron con dinero y con algo mucho más valioso como fue el alistamiento de papá en el Ejército, como médico militar.

Su primer destino fue la base aérea de Palanquero sobre el río Magdalena, en donde se inició la aviación militar. Los instructores fueron aviadores alemanes que habían quedado cesantes al terminar la primera Guerra Mundial.

Papá partió a cumplir con su deber patriótico y nos dejó encomendados a un colega suyo, el doctor Pedro Gonzáles, a quien le decíamos "Pedrito". Él me decía "rancho empajado", por mi abundante cabello esponjado. Ahora he caído en la cuenta de que me parecía mucho a Mafalda, con el gran lazo de cinta, y hasta me he identificado con su filosofía.

Papá tuvo que asumir como primera medida, el saneamiento de Palanquero en donde abundaban los pantanos, en los cuales se reproducía el anofeles. La tropa se enfermaba de paludismo y el tratamiento era la quinina.

Los aviadores alemanes eran muy déspotas y trataban mal al personal colombiano. Hasta el punto de que al peluquero Fonseca lo llamaban a secas "seca" porque no merecía el prefijo Von, que se antepone a los apellidos aristocráticos en Alemania. Papá tuvo varios enfrentamientos con algunos de ellos, pero aprendieron a respetarlo y a decirle doctor.

Para desplazar las tropas al sur del país era indispensable la aviación, por la dificultad de cruzar la extensa región montañosa y selvática de la geografía nacional. Los alemanes entrenaron a los primeros aviadores colombianos, que resultaron excelentes pilotos aunque solamente contaban con dos instrumentos de navegación: la brújula y una copa de aceite para ver el nivel del aparato y confrontarlo con el horizonte.

Los aviones eran bimotores anfibios, es decir, dotados de flotadores, porque no había pistas de aterrizaje y sí había ríos caudalosos que permitían el acuatizaje como el Orteguaza,. el Putumayo, el Amazonas y el Caquetá.

Mientras papá cumplía con su deber patriótico en Palanquero, me enfermé de sarampión y se me complicó con bronconeumonia. Pedrito Gonzáles me cuidaba con gran dedicación, pero llegó a perder la esperanza de salvarme porque en ese tiempo no había antibióticos ni vacunas. Margarita Pérez estuvo acompañando a mamá día y noche, y salía a comprar los remedios a cualquier hora, aun con lluvia, pese a su frágil salud.

Ana Pérez también fue valiente y decidida, cuando se trató de salvar la vida de Lucy Ortiz. Por ese tiempo vivían en Ubaté, porque Manuel había sido nombrado Juez en ese municipio. A Lucy se le presentó un ataque de apendicitis y en el pueblo no había manera de intervenirla quirúrgicamente; por lo penoso del viaje, no era aconsejable el traslado a Bogotá. Él médico de Ubaté recomendó la aplicación de hielo, pero en Ubaté no lo había. Ana llevó un gran bloque de hielo viajando sola en un coche de caballos, durante muchas horas. El bloque llegó recudo a la mitad, pero fue suficiente para salvar a Lucy.

Las Pérez fueron con nosotros unas verdaderas familiares. A falta de abuelitas, contamos con ellas. Ana había permanecido soltera porque su novio había muerto de gripa, en la epidemia de 1918; Margarita se consideraba viuda porque su esposo, Luis Leaño, se fue para Europa y nunca volvió. Mi abuela paterna había muerto de un coma diabético, cuando yo tenía seis meses y vivíamos en Suaita.

De vez en cuando, papá obtenía licencia para venir a visitarnos. En una de esas oportunidades, cuando ya había logrado sanear la zona, llevó a Alberto para que conociera los aviones.

Cumplida su misión en la Base Aérea de Palanquero, fue nombrado director del Hospital de Potosí, recién creado a la orilla del río Orteguaza, para atender a los militares heridos y enfermos. También se creó el Hospital de Primavera, más al sur, a cargo del doctor De La Hoz. Este hospital perduró más tiempo que el de Potosí, porque  una vez terminado el conflicto, era suficiente un hospital en la zona. Para evitar futuras invasiones, se creó la Base Aérea de Tres Esquinas, también sobre el río Orteguaza, en donde realizó la medicatura rural Fernando, mi hijo, el único de los nietos que heredó de papá la vocación por la medicina.

Se había hablado mucho del clima malsano de la selva; de los peces peligrosos que infestaban las aguas de sus ríos como las pirañas, los temblones y las anguilas que producen descargas eléctricas; de las culebras venenosas y de los indios salvajes. Pero todo eso era literatura. Potosí era un paraíso en medio de la selva. El clima era benigno aunque cálido y no había plagas; el río era de aguas mansas y los peces, como el bagre, surtían la mesa con abundancia; los indios huitotos y los coreguajes eran amistosos.

La guerra no fue tan sangrienta como se había previsto. Hubo varios enfrentamientos con el ejército peruano, el que finalmente se concentró en Tarapacá. Cuando los colombianos atacaron ese puerto, ya lo habían evacuado los peruanos. De manera que no hubo respuesta a los cañonazos de los buques colombianos.

No hubo muchas bajas en el ejército por causa de la artillería peruana; pero los soldados sufrieron las enfermedades tropicales. El coronel Herbert Boy estableció un puente aéreo para trasladar a los enfermos a los hospitales de Potosí y Primavera. En su libro "Una historia con alas", relata la campaña del sur y cuenta que la alimentación consistía en fríjoles con arroz al almuerzo y a la comida, para variar, arroz con fríjoles.

La falta de frutas y verduras era la cusa del beriberi y de la poca resistencia a las enfermedades tropicales  Desde su llegada, papá sembró una huerta que cuidaba con esmero y defendía de alimañas como las lagartijas, con certeras pedradas disparadas con cauchera.

También organizó un gallinero y una cría de cerdos. La carne de res era un poco escasa, pero se conseguía con un colono cercano que sacrificaba una o dos reses por semana. Si a esto se agregaba la buena despensa con que contaba el hospital, que a los alimentos básicos sumaba enlatados y licores importados, nadie podría quejarse de la alimentación.

En vista de estas circunstancias  papá decidió que mamá, Alberto y yo, y la imprescindible Bibiana, nos fuéramos para Potosí.




miércoles, 24 de abril de 2013

DE REGRESO A BOGOTÁ

Sin otro suceso importante  llegamos a Bogotá. Nos alojamos en la casa Tita y Manuel Ortiz. Una casa, con tanta historia, que aún me sueño con ella. Sigue en pie en la calle novena, entre las carreras sexta y séptima, frente al antiguo colegio de San Bartolomé. Es de cuatro pisos. En el primero hay un local, en el que funcionaba una botica. Al lado, la puerta que se abre a una escalera recta que conduce al segundo piso. Entonces era la zona social en la que había dos salas, el cuarto del piano y una habitación en la que vivía Benildita, la hermana soltera de Manuel. El "hall" estaba cubierto por bloques de vidrio que le daban luz y constituían el patio del tercer piso, en donde Manuel tenía una gran pajarera, con aves de muchas clases. A este patio que estaba cubierto por una marquesina, daban las alcobas, el baño y el comedor. Más al fondo, estaba la cocina y una escalera que llevaba a la azotea y al cuarto del servicio.

En la zona social no había más ventilación que la de las ventanas que daban a la calle, aunque permanecían cerradas para no deteriorar los lujosos muebles, casi siempre cubiertos por sabanas blancas. Era un ambiente fantasmagórico, en donde jugamos muchas veces a las escondidas Alberto, Alicia, Eduardito y yo, disfrutando la emoción del miedo a los fantasmas.

Tita y Manuel llevaban una vida social muy activa y eran frecuentes las fiestas, especialmente cuando Lucy estuvo en edad de merecer y le llovieron los pretendientes, porque fue muy linda y graciosa. Manuel era excelente pianista y buen compositor. Pero solamente tocaba el piano cuando a él se le antojaba y cuando no quería que lo molestaran con peticiones, se ponía un esparadrapo en un dedo.

Papá asistía a las sesiones de la Cámara, mientras mamá y Tita trataban de recuperar el tiempo de la larga separación. Iban a hacer las compras a la Calle Real, que se extendía por la carrera séptima, desde la Catedral hasta la Avenida Jiménez de Quesada. Generalmente, las compras consistían en telas y adornos, porque los víveres se compraban en las plazas de mercado, lugares atiborrados de "marchantes y revendedoras", a donde las amas de casa iban con sus peores prendas, su empleada del servicio doméstico y suficientes canastos para las provisiones de la semana y se compraban los pollos vivos. Era costumbre regatear los precios y cuidarse de disgustar a las revendedoras, expertas en insultos y groserías. Tenían la lengua tan venenosa, que cuentan las crónicas santafereñas que las personas enemistadas las contrataban para que fueran a insultar a sus enemigos.

Por ese tiempo comencé a sufrir de convulsiones, que causaron gran preocupación a mis padres, porque se desconocía su origen y eran muy fuertes. En algún momento, mamá me dejó al cuidado de Tita, mientras iba a hacer una compra a la Calle Real. Al frente de la casa habían abierto una zanja muy grande, porque se estaba ampliando el alcantarillado. Para salir hacia la Plaza de Bolívar y la Calle Real, había que darle la vuelta a la manzana. Cuando mamá acababa de salir, tuvo el pálpito de que me había dado otra convulsión. Regresó rápidamente y sin pensarlo dos veces saltó la zanja, pese a su pequeña estatura y a sus cortas piernas. Su corazón no la había engañado. Yo estaba sufriendo una de las peores convulsiones y la pobre Tita no sabia qué hacer conmigo. Gracias a Dios, las convulsiones no se volvieron a presentar desde el momento en que me salió la ultima muela de leche. Después se supo que las convulsiones eran producidas por la fiebre que me causaba la dentición.

Llegaron las vacaciones del Congreso. Olaya Herrera se fue para  Fusagasugá. Nosotros también nos fuimos a veranear a esa población.

Yo tenía dos años y de esa época tengo algunas imágenes sueltas, porque mi memoria es continua a partir de los tres. De Fusagasugá recuerdo la plaza con toldos blancos y a Bibiana que me llevaba alzada a comprar la carne. Yo tenía un canastico en donde el carnicero me echaba "la ñapa". Al llegar a la casa me la asaban sobre la estufa de carbón y era una delicia.

Otra imagen que tengo es bastante dramática. Estábamos al frente de la casa cuando pasó una recua, azuzada por los arrieros. En ese momento, Santiago Vanegas, un niño terrible, me quitó mi muñeco de caucho con figura de boy-scout y lo arrojó al paso de los caballos. Yo me lancé a salvarlo, pero papá me lo impidió tomándome fuertemente en sus brazos. Cuando pasaron los caballos, él mismo rescató a mi excursionista al que no le había pasado nada por ser de caucho y ni siquiera había perdido su sombrerito.

Aquí es necesario abrir un paréntesis para hablar de la familia Vanegas. La madre, Aura Maria Lasprilla, había sido amiga de mamá desde la infancia. Se casó con Rafael Vanegas, un militar muy apuesto. Tenían una casa muy grande, de dos pisos, en San Agustín. Ocupaba la esquina sur occidental de la calle 7a. con la carrera 8a. Hoy existe en ese lote un edificio del Ministerio de Defensa. Tuvieron cuatro hijos: Fanny y Cecilia, muy lindas; Rafael, de la edad de Alberto mi hermano y Santiago el menor a quien le decíamos Tití. La amistad fue de muchos años, aunque por épocas fue inevitable el alejamiento por causa de los viajes de unos y otros.

Cuando Aura María, enferma e inválida fue a vivir al barrio de San Luis, se reanudó la amistad estrechamente. Rafael Vanegas ya había muerto; Fanny se había liberado de un matrimonio desastroso y trabajaba en las relaciones públicas de la Feria Internacional. En el coctel de inauguración, al que asistí con Marceliano, la vi muy eficiente y elegante. Cecilia no se casó y trabajó mucho tiempo en el Banco de Bogotá. Rafael estaba dedicado a los negocios, manejando la fortuna familiar y Tití vivía en Estados Unidos.

Yo me encontraba frecuentemente con Cecilia y Rafael, en el sector del Palacio de Justicia. Un día le conté a Cecilia el incidente del muñeco. A los pocos días, Rafael fue a visitarme a la Biblioteca de la Corte Suprema de Justicia, para decirme que Tití vendría próximamente a Bogotá, que estaba recién divorciado y que me traería una muñeca de regalo. Pero nunca la recibí porque ocurrió la tragedia del Palacio de Justicia.

De las vacaciones en Fusagasuga, Alberto tenía un recuerdo muy especial de las tertulias con el Presidente y otros personajes de la política, a las cuales asistían también las familias. Después de haber sido saludado por él, Alberto decía que no se volvería a lavar la mano "porque estaba untada de Olaya Herrera".

Al término del veraneo volvimos a Bogotá, nuevamente a la casa de la calle novena. Nos dio tos ferina a mamá, Alberto y a mí. Mamá estuvo muy grave porque cuando les da a los adultos una enfermedad infantil, generalmente es fatal. Al malestar contribuía el encerramiento de esa casa y la poca ventilación. La salvación era salir de allí e ir a buscar aire puro al campo. Un parlamentario amigo le ofreció a papá una casa en Chapinero, pero no quiso comprarla aunque era muy barata, por estar en despoblado. Así que la tomó en arriendo. Contaba mamá que al llegar a esa casa, ya pudo respirar aliviada. Estaba rodeada por arboles y potreros. Había matas de curuba silvestres y cuando Bibiana me sacaba a pasear, me hacía marranitos con las curubas verdes y les ponía paticas con palillos partidos. Papá debía caminar un buen trecho por los potreros hasta la carrera trece, para tomar el tranvía que lo conducía al Capitolio. Esa casa existe hoy y su dirección es calle 51 No. 16 - 80.

De esa casa nos fuimos a vivir a La Candelaria. Según recuerdo, quedaba por la carrera cuarta, entre calles 13 y 14, en una calle tapada, que recordamos como "el callejón". En vano he tratado de encontrarla, porque debieron abrirla. En una tienda vecina comprábamos caramelos a cinco reales, es decir, a dos por un centavo. Conocimos los polares que vendían en carritos refrigerados, como las paletas de hoy.

Cuando Bibiana probó el primero, lo encontró tan frío que lo puso sobre la estufa. Cuando regresó por él y solamente encontró el palito, le armó una furrusca a la cocinera por robárselo.

Alberto entró al Instituto de La Salle, que quedaba cerca. Cuando llovía, el hermano Gastón lo llevaba a la casa bajo su paraguas.

Mamá siempre me llevaba con ella cuando salía. Íbamos muy elegantes, tanto ella como yo, porque así era la moda: sombrero, sobretodo, guantes y cartera. Hacíamos las compras en la Calle Real, comíamos milhojas con Kumis en donde Paulina Gracia, visitábamos a Tita y a sus amigas las Rubio, las Rizo, a los Vanegas, a su hermano Manuel, a Elvira y a Eduardito. Las Pérez nos visitaban con frecuencia. Me entretenían con la baraja española y me enseñaron a jugar burro, caída rapada y tute.

Con frecuencia nos encontrábamos en la Calle Real con "la loca Margarita", que ha sido muy famosa en las crónicas bogotanas. Siempre vestía de rojo con un gorrito del mismo color y usaba anillos en todos los dedos. Gritaba su lema "¡viva el partido liberal y abajo los godos!" Se ponía furiosa cuando alguien vivaba a los godos, por llevarle la contraria. Se decía que ella pertenecía a una familia distinguida y que había perdido la razón cuando en medio de tanta violencia política, su esposo había sido asesinado.

También veíamos al "bobo del tranvía", con su uniforme de soldadito de plomo persiguiendo los tranvías, tanto los abiertos como los cerrado que se llamaban "nemesias", porque los había traído don Nemesio Camacho, personaje prestante y adinerado, dueño de la hacienda en donde se construyó posteriormente el estado de El Campín. Años más tarde, siendo presidente Eduardo Santos, se trajeron otros tranvías cerrados, más modernos, a los que se les pintó el techo de plateado y se llamaron " las lorencitas", por la esposa del presidente, doña Lorencita Villegas, dama muy elegante que lucía el cabello platinado.

El conde de Cuchicute se paseaba por la Calle Real con su traje azul oscuro, capa española y cubilete.

Fue una temporada tranquila y muy agradable. Tuvimos el primer radio y nos divertían las propagandas, en especial la del chocolate Corona. La pasaban por la tarde, justo a la hora de las onces y ese era el llamado para tomarnos el chocolate con pandeyucas, almojábanas y queso.

Otra de las novedades era el cine. Íbamos a ver las películas de Laurel y Hardy, ( el gordo y el flaco), las de Shirley Temple, las de Diana Durbin, las de Micky Rooney y las de Tarzán con Jhony Weismuller, naturalmente en blanco y negro.

Los domingos, después de la Misa en alguna de las iglesias del centro, íbamos al parque de La Independencia para oír la retreta, ejecutada por bandas que interpretaban generalmente pasillos, bambucos, valses y trozos de zarzuela, constituyendo así un verdadero espectáculo cívico y cultural. Luego , nos llevaban al carrusel que era el único en ese tiempo y que durante muchos años proporcionó alegría a los niños bogotanos. Pero esa vida apacible y grata no podía durar mucho tiempo.





viernes, 19 de abril de 2013

VIDA COTIDIANA EN SUAITA

Mamá había contratado una cocinera que no le permitía entrar a la cocina. Cuando se presentaba para darle instrucciones, la mujer echaba a la estufa leña verde y producía una gran humareda. Un buen día, no alcanzó a producir la humareda y mamá descubrió escondida detrás de la puerta a una niña de unos doce años, sucia y llena de piojos. La cocinera la escondía por miedo a perder el empleo. La niña se llamaba Bibiana. Mamá se hizo cargo de ella: la hizo bañar y despiojar, le dio ropa nueva y la nombró mi niñera. Estuvo con nosotros por unos ocho años. Era muy bonita, de ojos verdes. La recuerdo lavándose la larga cabellera negra en la alberca del lavadero, con jabón de tierra y cantando "no se por qué dices que estaba celosa...".

Desde los primeros meses se manifestó mi temperamento de capricorniana, decidida y terca. Me tomaba el tetero con determinado chupo y no aceptaba otro diferente. Por consiguiente, ya estaba gastado: se había roto y le habían hecho las suturas necesarias. Un domingo, día de mercado, ejerciendo su autoridad, papá botó el chupo a la mitad de la plaza, en donde se confundió con los costales y los productos del mercado. esa actitud paterna me hizo entrar en huelga de hambre. En todo el día no tomé tetero.

Supongo que lloré y grité lo suficiente para que papá se desesperara y, al anochecer, cuando ya se habían ido los campesinos y la plaza estaba sola y llena de basura, el doctor Arrieta, médico apreciado y liberal muy respetado en el pueblo, salió a escarbar entre los rastrojos hasta que rescató el chupo, le hizo nuevas suturas y lo sometió a múltiples hervores. Entonces, disfruté mi tetero y dormí toda la noche como un angelito.

Papá había ganado en Suaita fama de excelente médico. En ese tiempo no existían las ayudas técnicas ni los antibióticos  Sus únicos recursos eran el ojo clínico y la droga blanca, que él mismo mezclaba y componía en su botica. Las operaciones quirúrgicas se realizaban sobre la mesa del comedor familiar del paciente, y el éxito se debía al diagnóstico preciso, a la actuación oportuna y al cuidado post-operatorio supervisado con afecto.

A cualquier hora que fuera requerido, montaba un caballo y por caminos de herradura llegaba al lugar en donde una madre estaba dando a luz o un hombre se desangraba por causa de un balazo.

En 1930 cayó la hegemonía conservadora. Después de cuatro décadas de ejercer el poder, el conservatismo se dividió entre el poeta Guillermo Valencia y el general Alfredo Vásquez Cobo. Ganó las elecciones el político liberal boyacense Enrique Olaya Herrera, nacido en Guateque.

El Congreso de la República se renovó. Entre los nuevos representantes a la Cámara figuraba el Dr. Julio Arrieta Andrade, como representante liberal por Santander, no obstante su origen costeño. Este triunfo democrático incrementó la envidia de Tejeiro y sus secuaces, lo que preocupó mucho a mis padres, quienes temieron una venganza fatal.

Se hicieron los preparativos para el regreso a Bogotá. Papá alquiló caballos y contrató los hombres necesarios para arriar las mulas con el trasteo. Bibiana y otra muchacha se turnarían para llevarme en brazos, a pie, porque no sabían ni querían cabalgar.

La primera jornada era de Suaita a Güepsa por un camino de herradura, tal vez uno de los abiertos por Von Lengerke, el alemán que trajo a muchos de sus coterráneos para construir caminos y puentes en Santander y, entre ellos, a Pablo Dreyer para el camino del Carare.

La región montañosa ofrecía muchas dificultades a los viajeros. La tensión y el miedo estaban presentes. A veces, al salir de una curva, se veían destellos que bien podrían ser reflejos del sol en las armas de Tejeiro y sus secuaces. Los  hombres contratados por papá, también iban armados.

Al llegar a Güepsa vieron con preocupación que las muchachas no aparecían conmigo. Temieron que me hubieran secuestrado para obligar a papá a devolverse y tenderle una emboscada para asesinarlo. No había alternativa, pero mamá se opuso a que regresara. Sin embargo, el Señor de los Milagros no podía abandonar a su fiel devota en esa crítica situación y se presentó un salvador: era un vendedor de máquinas de coser Singer, a quien le habían comprado una máquina de manivela, que fue la primera que tuvo mamá. El muchacho se ofreció a buscarme porque podía pasar inadvertido. Había comenzado a llover y ya era de noche.

Partió protegiéndose de la lluvia con un encauchado negro. Las horas pasaban lentamente. Con las primeras luces del amanecer lo vieron llegar, aparentemente solo. Mis padres corrieron a su encuentro. El muchacho, con mucho cuidado, levantó la punta del encauchado y allí estaba yo, plácidamente dormida. No había estado en poder de Tejeiro, ni mucho menos. Cuando había comenzado a llover, las muchachas buscaron refugio en una tiendo del camino. Se tomaron unos guarapos y, como iban cansadas, se durmieron en el suelo de la trastienda, conmigo entre las dos. El representante de la Singer me tomó en sus brazos, sin despertar a ninguna.

martes, 16 de abril de 2013

TRASLADO A SUAITA SANTANDER

En 1929 la instalación en Bogotá no era fácil para un médico joven, forastero y para colmo costeño, porque los costeños siempre ha sido mirados con reserva por los cachacos (Bogotanos). Por otra parte, la medicina se ejercía en forma privada y la consulta estaba acaparada por unos pocos médicos eminentes que tenían su clientela asegurada. No existía la medicina social. Había unos pocos hospitales de caridad, como el San Juan de Dios y La Samaritana. Alguien le aconsejó a papá que se estableciera en Suaita (Santander), porque allí no había médico ni botica.

Él aceptó el consejo sin imaginarse que a cambio de médico existía un tegua, gamonal conservador que la haría la vida imposible como médico y como liberal. Era un individuo apellidado Tejiro. Papá era liberal por tradición y por convicción. La prolongada hegemonía conservadora que había dado lugar a la insurrección liberal en el lapso conocido como la guerra de los mil días, había llevado a San Juan Nepomuceno la persecución y la violencia por parte de los conservadores. Mi abuelo, por liberal y por terrateniente, había sido perseguido tenazmente y había tenido que esconderse en el monte. Cuando nació papá, el 11 de agosto de 1898, el abuelo era un fugitivo y sólo pudo conocer a su primogénito cuando tenía cuatro meses. A los dos años entraron nuevamente los conservadores y por robarse la hamaca en que dormía el bebé, cortaron las cuerdas y lo tiraron al piso.

La historia de Colombia ha sido siempre violenta. Cuando mis padres se establecieron en Suaita, la pugna entre liberales y conservadores seguía viva y eran frecuentes los tiroteos entre los dos bandos.

Casi todos los pacientes que llegaban al consultorio, eran heridos de bala. Alberto, de tres años, ya lo sabía. Cuando entraba algún hombre le recomendaba a papá que le guardara la bala, y ya tenía una buena colección.

Habían alquilado una casa de dos pisos en el marco de la plaza. Mamá solía salir al balcón a tomar aire fresco, pero tenía que entrarse cuando pasaba la mujer de Tejeiro con sus amigas, riéndose y diciendo en voz alta "hoy si bajan a Arrieta".

Por esa angustia permanente, mamá perdió un niño. Al poco tiempo quedó esperándome y por eso decía que lo único bueno de Suaita, había sido yo.

Tejeiro y su mujer no tenían hijos. Tenían unos perros muy antipáticos que cuando le ladraban al bobo del pueblo, este reviraba blandiendo su palo hacia Tejeiro y gritándole: "Enduque su jamilia".

Sin embargo, tiempo despúes la mujer de Tejeiro quedó embarazada. El parto se presentaba muy dificil y Tejeiro, haciendo de tripas corazón, tuvo que llamar a papá. El niño nació bien, aunque no por eso Tejeiro dejó de ser su enemigo político. Pero la mujer no volvió a amenazar a mamá.

El 31 de diciembre de 1929 es una fecha memorable para Suaita. No porque yo hubiera nacido allí ese día  sino porque llegó el primer automóvil y la gente entusiasmada pagaba para que le dieran una vuelta a la plaza. Alberto era muy inteligente y no hubiera creido el cuento de la cigüena. Mis padres le dijeron que yo había llegado en el carro entre una canastica, lo cual le pareció creible.

En la escuela vecina habían estado ensayando la sesión solemne y cantaban repetidamente el Himno Nacional, cyua letra se estaba aprendiendo Alberto. En las vitrolas se escuchaban los tango de moda, sobre todo aquel que dice "y todo a media luz". Mi nombre estaba en discución entre Gloria o María Luz. Este último por la escritora española María Luz Morales, directora de la Colección Araluce, que publicaba en lindas ediciones infantiles las obras importantes de la literatura universal. Cuando le preguntaban a mi hermanito qué nombre le pondrían a la niña, respondía: "Gloria Inmarcesible" o "A media luz los dos".

Para mi bautizo viajaron a Suaita mi tía Tita y su esposo Manuel Ortiz, quienes fueron mis padrinos. Llegaron con sus hijos Humberto de doce años, Lucy de diez y Alicia de tres. Esta pequeña diferencia de edades con Alicia, nos distanció un poco en la infancia, no fue obstáculo para que en la juventud y en la edad madura nos quisiéramos como hermanas. Me llevaron de regalo un pesebre que nos acompañó por muchos años y del cual aún conservo el Niño Dios de porcelana, en mi alcoba.

Papá y mamá hicieron varias amistades, que siempre recordaron con afecto. Entre ellas estaba la familia Rueda, que poseía una hacienda. Eran liberales. Mal podría papá ser amigo de conservadores. Manuel Ortiz era conservador, pero lo aceptaba por ser su concuñado.

En medio de la violencia política en Santander, los conservadores asaltaron la hacienda de los Rueda. Mataron al esposo de Chavita y a un hermano de ella. Chavita huyó con su bebé en los brazos y su hija Elvirita de la mano. Corrieron, por los potreros, seguidos de cerca por los asaltantes. En un momento providencial cayeron a una hondonada y la maleza los cubrió. Así se salvaron.

Más tarde, a mediados de los años cincuenta, papá y mamá vivían en su casa de San Luis, con la tranquilidad que da el deber cumplido y la alegría de ver crecer a los nietos. Entonces, se volvieron a encontrar con Chavita de Rueda y su hija Elvira, que vivían en una casa vecina. Elvira estaba casada y tenía ocho hijos. Papá volvió a ser su médico de familia y consideraba mucho a Chavita porque ella era la que madrugaba a sacar a los nietos al bus del colegio.

Otra de sus amistades fue con el Maestro Luis Alberto Acuña Tapias, natural de Suaita, famoso pintor y lingüista. Fue el iniciador del estilo indigenista, que papá designaba burlonamente "el de los monos patones" porque se alejaba de la figura clásica y acentuaba las formas anatómicas.

Su esposa era doña Aurora Cañas de Acuña Tapias, española. Además de amigo, papá fue su médico de familia. En una ocasión, Aurora estuvo delirando por la fiebre y reía y lloraba histéricamente diciendo "¡Yo, de España a Suaita!".

En Villa de Leyva existe el museo de su nombre, en donde se encuentran muchos de sus cuadros y sus libros de lingüística  En el auditorio de la Academia de la Lengua Española en Bogotá, hay un hermoso mural que representa la literatura en lengua castellana. Allí están don Quijote y Sancho Panza, el Cid Campeador, Efraín y María, la Celestina con Calixto y Melibea, y otros personajes más. Cuando yo dictaba la clase de español en la Universidad Jorge Tadeo Lozano uno de mis alumnos, que resultó ser sobrino del Maestro Acuña, cuestionó una de mis afirmaciones con respecto a la etimología de cierta palabra y prometió consultar con su tío. Al salir de clase me fui directamente al Instituto Caro y Cuervo, que entonces funcionaba en la biblioteca Nacional, y le pregunté a mi amigo y antiguo profesor Luis Flórez. Él le dio la razón a mi alumno. Fui a la clase siguiente decidida a rectificar, pero el muchacho se me anticipó diciendo que el Maestro Acuña había estado de acuerdo conmigo. Decidí no entrar en polémica.

Mamá nos contaba que solía visitar a unas señoras muy amables, quienes le cedían la mejor silla de la sala. Un día le contaron que esa era la silla preferida de su hermana cuando iba de visita, porque estaba recluida en Contratación. Este era un leprocomio muy conocido en Santander. Desapareció cuando el Gobierno lo bombardeó junto con el de Caño de Loro en una isla cercana a Cartagena, al estudiar mejor la lepra y descubrir que no era tan contagiosa como se suponía. Sobre decir que mamá no volvió a visitar esa casa.

Una vez llegó a Suaita un famoso ajedrecista y pidió que le buscaran un contendiente de su talla. Mamá jugaba muy bien y le propusieron que jugara con ella. No le gustó la idea de jugar con una mujer, pero aceptó porque nadie más se le quiso medir. Se organizó la partida, asistieron muchas personas y mamá le hizo "jaque pastor".


SE DEFINE EL FUTURO DE MAMÁ

De Bogotá a San Juan Nepomuceno:

Los progresos de mamá en la Escuela de Bellas Artes, le valieron una beca para España. No la aceptó porque había aparecido en su vida un guapo estudiante de medicina, costeño, perteneciente a una familia de ganaderos que tenía haciendas en San Juan Nepomuceno en el departamento de Bolívar. Como estudiante rico, tenía su apartamento en el Pasaje Hernández, que aún existe entre las calles 12 y 13, en la carrera 8a. Había venido a Bogotá a estudiar el bachillerato en el Colegio del Rosario. Luego ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional. Su nombre era Julio Arrieta Andrade, hijo de Manuel Arrieta Barrios y Bethsabé Andrade.

También vinieron de San Juan, a estudiar Derecho, Marceliano Rodriguez Pareja, con quien sostuvo una amistad de toda la vida, y Nelson Osorio. Este último era mal estudiante, parrandero y mujeriego. Para no quedar tan mal en el pueblo, regó el chisme de que Julio también había perdido el curso por malas calificaciones. Él, por orgullo, no quiso enviarle a su papá las excelentes calificaciones que había obtenido y don Manuel le cortó los recursos. Pero como él estaba empeñado en ser médico, consiguió con un doctor Angulo el puesto de practicante en la Escuela Militar, situada en la calle 26, en donde hoy está el hotel Tequendama. Le daban habitación, alimentación y sueldo. Así pudo continuar sus estudios. Su tesis de grado se tituló "La higiene en la Escuela Militar".

Desde su época de estudiante fue muy aficionado a la fotografía. Tenía una máquina Kodak de fuelle y él mismo revelaba los negativos en un cuarto oscuro. Por eso poseemos una serie de fotografías que constituyen el testimonio gráfico de lo que estoy contando.

Ya para entonces, su noviazgo con mamá era un compromiso formal y decidieron casarse antes del grado, porque el matrimonio de un estudiante no requería una celebración tan importante y costosa como sí la requeriría el matrimonio de un médico. La boda se celebró el 6 de junio de 1925 en la iglesia de Las Nieves. La ofició el presbítero Ramón Fandiño Ortiz primo de mis primos Ortiz Jiménez. Siempre estuvo muy vinculado a nuestra familia. Tanto, que bautizó a mi hija Rosa Luz y celebró su matrimonio con Arturo Pulecio Ortiz, hijo de Lucy.

Meses después  papá y mamá viajaron a San Juan Nepomuceno para presentarle a mi abuelo el diploma de médico y para que naciera allí Alberto, el primogénito.

La familia Arrieta acogió a mamá con mucho cariño. Estaba conformada por Manuel y Bethsabé, mis abuelos, y por sus hijos Gertrudis, Luis (muy parecido físicamente a papá), Carmen, Fernanda y Manuel el menor, a quien llamaban familiarmente Mane, para diferenciarlo de su padre.

Vivían en una de las casas más grandes del pueblo, que hacía esquina. El solar daba a una calle por donde entraban los caballos. En un gran cuarto se guardaban los aperos y el ataúd en que sería enterrado mi abuelo, cuando le llegara al hora. Esta previsión se debía a que en el pueblo no los fabricaban y era necesario llevarlos de Cartagena. Cada vez que moría un conocido, él regalaba el ataúd y enviaba por otro a Cartagena.

En esa época no había acueducto ni luz eléctrica. El agua se recogía en el arroyo y distribuía en los hogares por el sistema de balde, burro y bobo.

Mane practicaba el espiritismo. Se decía que los espíritus lo tumbaban de la hamaca y perturbaban a la familia. Los misterios del espiritismo se encontraban en el "Libro de Juanito". En un acto de autoridad, mi abuelo botó el libro al pozo artesiano que había en el solar. Creo que ese fue el fin del espiritismo de Mane.

Él estaba casado con María Aicardi, y poco antes de que llegaran papá y mamá había nacido su primogénito Rafael. Mamá me contaba que para evitarle a María la mastitis, pues tenía mucha leche, le ponían perritos recién nacidos para que mamaran. Lo más espeluznante de esa crianza, era la cazadora doméstica, la culebra que limpiaba la casa de zancudos, ratas y lagartijas, cuando por la noche sentía el olor de la leche que se derramaba de los pechos de María, se acercaba a beberla.

Mi pobre mamá no podía soportar ese estilo de vida ni el calor abrumador. Derramaba baldes de agua en el piso de cemento del baño y se acostaba allí por largo rato. A veces iba a buscar el fresco en el sitio en donde estaba el filtro de piedra que goteaba sobre un moyo de barro; pero allí también iban a refrescarse unos sapos enormes, que la asustaban. Era muy devota del Señor de los Milagros y le rezaba la oración de los 33 días, devoción que heredamos sus hijas y nietas. Le pedía que la trajera de regreso a Bogotá, aunque fuera a una casita en La Peña, un barrio muy modesto, situado más arriba del barrio Egipto.

Cuando se aproximaba el nacimiento de Alberto, muchas comadronas fueron a ofrecer sus servicios. Papá las despachó diciendo que solamente necesitaba lavanderas. Él atendió el parto y cuidó de que a mamá no le sucediera lo mismo que a María Aicardi.

Papá ejercía la medicina casi gratuitamente. Si acaso, recibía gallinas, frutas o cualquier otro obsequio de sus pacientes. No había problema económico porque mi abuelo poseía grandes haciendas de ganado cebú. Contaba mamá que en los potreros se veía la gran mancha de ganado. Cuando había ventas, el ganado iba saliendo por varias horas y la mancha de ganado se veía igual.

Las principales haciendas de mi abuelo eran Mandinga y El Paraíso.

En 1965, Marceliano, mi esposo fue nombrado gerente del Banco de Bogotá en Cartagena, y nos fuimos a vivir a esa ciudad. Mi tío Luis nos hizo un paseo a San Juan, que ya tenía acueducto, luz eléctrica y una buena carretera. En un determinado lugar, Luis nos dijo: "Aquí empieza Mandinga". Seguimos recorriendo la ruta por varias horas y de pronto le dije a Luis: "No nos dijiste en dónde se acabó Mandinga", a lo cual me respondió: "Es que todavía estamos pasando por Mandinga".

Contaba papá que en una ocasión fue a ver a una niña que estaba muy enferma. El papá muy preocupado le preguntaba constantemente si la niña se salvaría o si iba a morir y cuándo. Ante el apremio del hombre, papá le reprochó su falta de paciencia y él se justificó diciendo que le estaban ofreciendo un barril de ron a muy buen precio y que quería saber si lo iba a necesitar para el velorio.

Iban pasando los meses. Alberto se crió muy consentido por toda la familia. Le hicieron un carrito de madera que mamá decoró al óleo con motivos muy bonitos. Lo halaba un morrocoy, que lentamente daba vueltas al patio. Un día regresó de su paseo en el carrito del morrocoy y muy excitado le dijo a mamá: "La gallina se desenchipó". Se trataba de la cazadora que estaba enrollada y al paso del carrito se había desenchipado.

Papá solía leer el periódico que llegaba con varios días de retraso, sentado en una mecedora. Mamá leía por sobre su hombro mientras le acariciaba el cabello. En un momento dado, ella se retiró para ver al niño y regresó a los pocos minutos para seguir en lo que estaba. Pero veía que él se iba escurriendo en la mecedora, con signos de incomodidad, hasta que se dio cuenta de que él no era papá sino el tío Luis, que tenía el cabello igual y también vestía camisa blanca.

Al cabo de dos años, el Señor de los Milagros oyó la oración de los 33 días que mamá rezaba continuamente y le hizo el milagro de regresar a Bogotá. El abuelo le ofreció a papá escriturarle unas tierras, para que se quedaran. Pero papá las rechazó con estas palabras: "Yo no necesito tierras, porque tengo mis vacas en la cabeza". Esta frase nos la repitió varias veces para enseñarnos que lo verdaderamente valioso que poseemos, son nuestros conocimientos porque los podemos llevar a todas partes y nadie nos los puede quitar.

El viaje de regreso por el río Magdalena no fue tan placentero como había sido el de bajada en el barco a vapor, con una brisa refrescante, las comodidades de un hotel y una orquesta que amenizaba las noches. Aunque fue en un vapor de la misma compañía  la navegación fue muy difícil por la sequía del río y las frecuentes varadas. El calor y los mosquitos desesperaban a los viajeros. Alberto sufrió de diarrea y los pañales se acumulaban. En esa ocasión, como en muchas otras en el futuro, a papá le valió más su condición de médico que el dinero que pudiera llevar. Cuando el buque se detenía, se acercaban los pobladores curiosos y así supieron que venía un médico a bordo. Las mujeres acudían con sus niños enfermos y papá los atendía sin cobrarles más honorarios que la lavada de los pañales, lo cual pagaban con gusto y los llevaban a las pocas horas bien blancos y planchados.




lunes, 8 de abril de 2013

Reminiscencias Familiares. Continuación

Después del matrimonio de Tita, un abogado inescrupuloso ayudó a consumar la ruina de Irene y de sus hijos. Irene había sido hija única y no tenía familiares cercanos. Mamá nunca nos habló de unos parientes que tenía por la línea paterna, que conformaron familias muy prestantes como los Collins Jiménez y los Cavalier Jiménez. Tal vez por su orfandad y pobreza se aisló de ellos o, quizás, como lo supusieron mi hermano Alberto y mi prima Lucy mucho tiempo después  cuando ya habían muerto Tita y mamá, Manuel Jiménez Malo e Irene Trujillo no formalizaron su unión mediante el matrimonio, lo cual era inaceptable en la pacata sociedad de esa época, a pesar de que la Iglesia y la sociedad habían aceptado la unión de Rafael Núñez y Soledad Román. Irene murió al poco tiempo en la pobreza.

Después de la muerte de Irene, mamá y su hermano Manuel tuvieron que afrontar el porvenir. Él aprendió a arreglar las máquinas de escribir Remington y así pudo ganarse la vida. Poco aprovechó las lecciones del maestro particular que tuvieron en la casa. Tenía un problema de dicción porque cuando pequeño se cayó con el tetero en la boca y se hirió el paladar. Eso lo acomplejó siempre. Contaba mamá que el profesor le pidió que conjugara el verbo "caber". El niño comenzó diciendo "yo cabro" y el mal maestro se burló: "Verdaderamente, Manuel usted es un cabro".

Manuel tuvo una vida de penurias. Se casó con una joven llamada Elvira Torres y tuvieron un hijo, Eduardito, contemporáneo mío. Elvira no soportó la estrechez económica y con el tiempo se fue con otro hombre. Eduardito estaba en la adolescencia y sufrió tanto, que en un mal momento se arrojó al paso de un carro y murió.

A los doce años, mamá tuvo que enfrentarse a su destino de huérfana y pobre. Las modistas que habían trabajado para Irene , abrieron una casa de modas. Mamá vivía con ellas, cosía dobladillos hasta altas horas de la noche y abría costuras con la plancha de carbón o con las pequeñas planchas de hierro que se calentaban sobre la estufa. La casa de modas tuvo éxito porque la clientela siempre estuvo conformada por las amigas de Irene, a quien habían admirado por su elegancia y buen gusto. Esto había sido natural en Irene desde niña, porque su madre siempre la había vestido con primor como podemos verlo en este retrato.

Era una joven emprendedora y con gran temperamento artístico. Se matriculó en la Escuela de Bellas Artes. Con el dinero que ganaba en la casa de modas pagaba sus estudios y compraba los útiles necesarios, pese a las burlas de Manuel y de las Pérez, quienes hacían mofa de "los monitos de Maruja". Entre sus profesores recordaba a Roberto Pizano, Coriolano Leudo, Ricardo Acevedo Bernal y Ricardo Borrero. De este último conservo un paisaje.

Fue condiscípula de Ricardo Gómez Campuzano y cuando podía me llevaba a sus exposiciones. Fue un gran paisajista y retratista. Hace pocos años tuve la oportunidad de visitar su casa en Bogotá y me emocioné al ver nuevamente muchas de sus obras, en las cuales la figura humana se destaca por la viveza de las miradas, la luminosidad de la piel y la naturalidad de las manos. Mamá siempre me dijo que lo más difícil en la pintura eran las manos. La casa de Gómez Campuzano es hoy un museo que administra el Banco de la República.

Para mejorar sus ingresos aceptó dar clases de dibujo en el Colegio Americano de credo protestante, no obstante la excomunión que pesaba sobre las personas que matricularan en él a sus hijos o que tuvieran algún vinculo.

La presentó en ese colegio una prima de las Pérez Rubio llamada Gertrudis Rubio (Tutú). Ella era protestante y trabajaba en una oficina del colegio. Vivía con su hermana Clementina, católica y también soltera. Con el trabajo de Tutú compraron una moderna casa de dos pisos en el barrio de Las Cruces. Clementina se ocupaba de las labores domésticas y las protegía un perro pastor alemán. Fue una amistad de toda la vida. Yo las recuerdo desde cuando tenía tres años y me encantaba cuando nos invitaban a tomar onces, porque servían unos helados deliciosos hechos en un balde que contenía hielo y sal bijua, para conservarlo. Dentro del balde iba el recipiente con la crema de curuba y me permitían darle vueltas a la manivela para batir el helado. Esta máquina también se usaba cuando llovía muy fuerte con granizo.

Mamá era una joven inteligente, decidida y muy avanzada para su época. Era de pequeña estatura y muy bonita. Contaba que en los bailes siempre la sacaba a bailar el más alto.

Eran los años veinte. Europa y el mundo occidental ya se habían recuperado de la primera guerra mundial. Había quedado atrás la moda de la Bella Época porque cuando los hombres se fueron al campo de batalla, las mujeres se fueron a trabajar a las fábricas y no podían hacerlo con el estorbo de los miriñaques, los corsés y los rizos. Se puso de moda el vestido corto, estilo talego y los cabellos "a la garcon" como los usaban los muchachos en Francia. Europa y América, incluida Bogotá, bailaban el tango y el charleston. Aquí además, se seguían bailando el pasillo y el valse.

Por ese tiempo mamá conoció a un joven oficial llamado Eduardo Leongómez, tío abuelo de Carlos Pizarro Leongómez, el famoso guerrillero del M-19, a quien por su bella figura llamaron el "Comandante Papito".

El joven oficial era llamado el Ciego Leongómez, porque usaba gafas. Me imagino que era tan apuesto como lo fue su sobrino nieto. El cuento es que él y mamá tuvieron un noviazgo que no duró mucho tiempo porque él era muy coqueto. Estuvo cortejando a una actriz que llegó con una compañía de teatro al Colón. Cuando apareció el marido tuvo que saltar por una ventana, se rompió una pierna y estuvo cojo por algún tiempo. Ella no pudo perdonar el escándalo en la pequeña ciudad que era Bogotá, aunque siempre recordó con nostalgia aquella canción que dice: "...que un viejo amor, de nuestra alma sí se aleja pero nunca dice adiós".

Es posible que ese amor platónico nunca hubiera dicho adiós. En 1952 o 53, mamá viajó a Caracas a visitar a Alberto, mi hermano mayor, y a Leonor Álvarez, que estaban recién casados. Mientras se establecían  vivieron en una pensión de muy pocos huéspedes  A mamá le correspondió una habitación vecina a la de Alberto y Leonor. Una noche, cuando ya se disponía a dormir, se abrió la puerta y apareció un señor vestido de blanco, quien se retiró enseguida como si se hubiera equivocado. Mamá se asustó ante la presencia del intruso y fue a llamar a la puerta de Alberto. El se levantó a inspeccionar la casa junto con la dueña y no encontraron a nadie extraño. Al día siguiente, apareció en El Tiempo la noticia de la muerte del coronel Eduardo Leongómez.








martes, 2 de abril de 2013

Reminiscencias Familiares

Por haber vivido con el favor de Dios durante los últimos setenta años del siglo XX y lo que ha transcurrido del presente, me considero en el deber de consignar en estas paginas, los recuerdos de mi vida en esta amada Patria, Colombia, complementados por los relatos de mis padres.

Los recuerdos familiares contribuyen a crear la pequeña historia que es como el conjunto de pinceladas que contribuyen a pintar el gran panorama de la historia de un pueblo.

Tengo una familia que ha colmado mi vida de amor y felicidad: seis hijos, once nietos y desde este año, un precioso bisnieto.

Para todos ellos escribo estas notas.

Les he contado de manera anecdótica y casual, ciertos hechos importantes que de alguna manera determinaron nuestro devenir, desde mis abuelos.

Cuando en nuestras reuniones viene al caso en la conversación alguno de estos episodios y lo relato, no falta quien me dice: esto ya lo habías contado, con poca diplomacia infantil. Pero otros, me piden que los cuente, porque no los conocían.

Algunas historias son intrascendentes, pero simpáticas. De todos modos, reflejan las costumbres de otras épocas y lugares, que si se sumaran a las reminiscencias de mis contemporáneos, constituirían un valioso acervo cultural.

Los niños y jóvenes de hoy no pueden imaginarse cómo los abuelos disfrutábamos los juegos de la infancia, cuando no había televisión, videojuegos, computadores o celulares.




A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX


En 1880 aproximadamente, un joven perteneciente a una distinguida familia cartagenera se vino a vivir a Bogotá. Esa familia había sido propietaria de gran parte de la isla de Manga, en donde se construyeron suntuosas residencias, de las cuales hoy en día se conservan algunas y otras, desafortunadamente, se dejaron arruinar a pesar de ser consideradas patrimonio arquitectónico. En Cartagena aún se recuerda a Dionisio Jiménez Malo, como el promotor de la urbanización de Manga.

Su hermano Manuel Jiménez Malo llegó a Bogotá con el ánimo de emprender negocios y radicarse en la capital. Conoció y se enamoró de Irene Trujillo con quien formó un hogar. Sus hijos fueron Manuel, María de Jesús (Tita) y María (Marujita, mi mamá).

Vivieron en una casa de estilo republicano situada en la carrera 7a. con la calle 24, en la esquina noroeste, en donde hoy se levanta la torre de Colpatria. El llamado progreso acabó con una linda manzana de casas de estilo neoclásico francés, llamado estilo republicano en cuanto nos liberamos de España y nos afrancesamos gracias a la Revolución Francesa, a los Derechos del Hombre y al apoyo que Francia le prestó a Bolívar para disminuir el poder de España.

Manuel Jiménez Malo murió tempranamente. Le habían practicado en Panamá, una cirugía craneana y le habían reemplazado un hueso o parte de él por una placa de platino. Lo que recordaba mamá de su padre, era que no podía asolearse porque se le recalentaba la placa.

Dejó una fortuna a Irene y a sus hijos. Ella no supo administrarla bien. En la sala guardaba morrocotas de oro en una cajita. Cuando la empleada le pedía dinero para la compra, simplemente le decía que sacara de la cajita. Tenía a su disposición a dos modistas, hermanas entre sí, llamadas Ana Pérez Rubio y Margarita Pérez V. de Leaño, encargadas de vestirlas a ella y a sus hijas.

Eran los años anteriores a la primera guerra mundial, cuando aún se usaba moda de la Bella Época: trajes largos, miriñaques,corsés, cabellos largos rizados recogidos en lo alto, sobre los cuales se llevaban sombreros diminutos con velillos. Tita, por ser la mayor, alcanzó a disfrutar de la bonanza económica. Era tan linda, que la llamaban la tarjeta postal.

Tita tuvo muchos admiradores. Entre ellos, un joven llamado Vicente Herrán, con quien formalizó noviazgo. La familia Herrán ofreció un elegante almuerzo en su finca de Funza, para que las dos familias estrecharan lazos de amistad. La vajilla que se usó era tan fina, que la dueña de casa acostumbraba lavarla personalmente. Terminado el almuerzo, los asistentes regresaron a la sala y el comedor fue cerrado. El comedor de esa casa, como era usual en la arquitectura de la época, estaba entre dos patios, con amplias celosías las cuales se decoraban con visillos de encaje, a través de los cuales se podían observar las plantas y las flores.

Cuando la visita se retiró, la dueña de casa fue a lavar y guardar la fina vajilla y se encontró con un desastre: un travieso mico que poseían, se había entretenido golpeando pieza por pieza hasta dejar un montón de añicos.

Al poco tiempo, Vicente viajó a Quito para cerrar un negocio que le daría el buen dinero que necesitaba para el matrimonio con Tita. Las comunicaciones eran muy difíciles y pasó mucho tiempo sin que se recibieran sus noticias. Tita pensó que Vicente se había arrepentido y aceptó la propuesta matrimonial de Manuel Ortiz Gómez, un abogado perteneciente a una familia acomodada de El Socorro, Santander.

Las arzayuz eran amigas de Tita y de mamá y, además, vecinas. Comenzaron a confeccionar sus vestidos de damas de honor para el matrimonio de tita porque su amistad les daba ese privilegio. Manuel era calvo y usaba bisoñé, por lo que siempre estuvo acomplejado. Durante una visita sorprendió unas miradas indiscretas que se cruzaron las hermanas Arzayuz y le planteó a Tita su ultimátum  las Arzayuz serían borradas de la lista de invitados o él cancelaría el matrimonio. Así se terminó la amistad de muchos años con aquellas queridas vecinas, para tristeza de Tita y de mamá.

El matrimonio se celebró con gran boato. El coche de la novia fue decorado con flores blancas. Cuando los novios salían de la iglesia, se cruzaron con otro coche de caballos que venía de la Estación de la Sabana. En él llegaba Vicente Herrán, satisfecho con el resultado de sus negocios y con la ilusión de su matrimonio.








miércoles, 27 de marzo de 2013

INFLUENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Durante la segunda guerra se suspendió el comercio con Europa y se intensificó con Estados Unidos, gracias a la propaganda transmitida por el cine y la radio para exaltar a los aliados y condenar a los regímenes fascistas.

Desde los años veinte, el cine norteamericano fue conquistando público como medio de recreación y de divulgación del "sueño americano".

Greta Garbo fue el modelo de belleza y elegancia, y todas las mujeres querían parecerse a ella. A las niñas las vestían copiando los trajecitos de Shirley Temple.

Desde la segunda guerra, especialmente, la moda norteamericana se ha impuesto en Colombia por su comodidad. El cine se ha encargado de mostrarla década tras década hasta nuestros días.




LAS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL SIGLO XX


En los años setenta llegó el movimiento hippie con su música, su estilo de vida rebelde y sus bluyines. Se instalaron en Bogotá en el parque de la calle 60, y el entorno se llenó de almacenes de ropa hippie. Uno de los más conocidos fue "Las madres del revólver", en donde confeccionaban los bluyines sobre medidas y con bota campana.

De los setenta en adelante, los bluyines se convirtieron en la prenda favorita de la humanidad. No solamente son símbolo de protesta sino de sexualidad. Los bluyines pueden ser desteñidos, rotos en las rodillas, con remaches, con bordados o como se quiera. Estuvieron de moda los descaderados que las jovencitas acompañaban con blusas ombligueras. Estas prendas dejan al descubierto desde las costillas hasta las últimas vértebras lumbares, y estuvieron en furor hasta en las ciudades frías como Bogotá y Tunja.

Los bluyines fueron ideados por Levy Strauss, quien llegó a EE.UU procedente de Bavaria en 1850, atraído por la fiebre del oro. Llevó una provisión de mercancías  que incluía lona para las carpas. Cuando vio que los mineros usaban pantalones de telas débiles que no les duraban, decidió convertir la lona en pantalones que tuvieron gran demanda. Posteriormente, los confeccionó con un género de algodón fabricado en Francia y llamado "sarga de Nimes".

Hoy son el símbolo de la moda en el siglo XXI y los usan para todas las ocasiones, desde el mecánico hasta la princesa.

Así, con este condensado panorama de la moda, hemos llegado al siglo XXI presintiendo lo que será la moda a partir del evento que se celebra cada año en Medellín  denominado COLOMBIAMODA, en donde se congregan los más famosos diseñadores nacionales con la asistencia de varios internacionales. 

Lo que se ve en las pasarelas está diseñado para las jóvenes de la farándula, las reinas de belleza y las mujeres desinhibidas, con abundancia de lentejuelas y canutillos.

¿Será, acaso, que esta es la moda que corresponde a este tiempo del dinero fácil  la corrupción administrativa, el narcotráfico, el terrorismo y otras calamidades?

Espero que no, y que se siga usando una moda elegante y seria, a la par con la ropa casual y deportiva que hace más placentero el tiempo libre. Sin perjuicio de que en los reinados de belleza se sigan exhibiendo las creaciones de famosos diseñadores, que por lo menos impulsan la industria nacional en la era de la globalización.





Fuente principal: 
María Luz Arrieta.   Vestido, Modas y Confecciones.  Volumen IV, Enciclopedia del Desarrollo Colombiano.   Bogotá CANAL RAMIREZ - ANTARES, 1974.   294 Pgs.


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martes, 26 de marzo de 2013

LOS PIONEROS DE LA INDUSTRIA DE LA CONFECCIÓN

Carlos y Pedro Mendoza Galindo, de "Confecciones Hermega Ltda", fabricantes en serie de vestidos para hombre.

Agustín Sánchez Ochoa, pionero de la alta costura, especializado en vestidos de novia.

María Teresa, José y Luis Paredes, de "Casa Paredes", también dedicados a la alta costura.

Carolina Pinilla y Pedro A. Lozada, de "El Buen Gusto", de Bucaramanga.

Hilda Strauss
Don Daniel Valdiri, dueño del almacén de su nombre "allá en la calle 14 de Bogotá", como se anunciaba por la radio. Allí se hacían desfiles de modas los jueves con bellas modelos, entre ellas Hilda Strauss. Se servía té y eran muy concurridos.

Los hermanos Esteban, Eduardo y Alonso Valencia fundaron una gran empresa denominada "Valher Hnos" para la confección de vestidos para hombre. Su producción fue de alta calidad y buen diseño. Se exportaban con las etiquetas de Pierre Cardín e Ives Saint Lorain, firmas extranjeras que poseían los contratos mundiales de distribución, por lo cual ni los hermanos Valencia ni Colombia llegaron a ser conocidos por su industria de la confección, en el mercado internacional.

Hernando Trujillo se inició en la sastrería siendo niño. Fue diseñador de Everfit, Valher y Hermega. En 1970 se lanzó a innovar la moda masculina con diseños audaces y colores atractivos. Posee una moderna planta de producción en Bogotá y su propia cadena de distribución. Su ropa es muy apreciada por su alta calidad y se exporta a varios países.

Confecciones Industriales Hermega fue fundada en 1950 por los hermanos Carlos y Alejandro Mendoza, naturales de Ramiriquí Boyacá, pueblo famoso por su producción textil desde tiempos de la colonia. Esta vocación los llevó a vincularse a la Fábrica de Paños Colombia. Luego abrieron su fábrica de confecciones para hombres y en 1974 ya producían 10000 vestidos al mes, destinados al mercado norteamericano, por negociaciones adelantadas con firmas de Atlanta y Nueva York.




LAS PRIMERAS MEDIAS DE NYLON COLOMBIANAS


Por razón de la segunda guerra mundial no se volvieron a importar las medias de nylon de Estados Unidos, que habían reemplazado con éxito a las medias de seda importadas de Europa. Las primeras fueron producidas en Colombia por Fernando Mazuera Villegas, quien fundó la fábrica Modelia S.A, en compañía de varios socios  Trajo de Estados Unidos cuatro máquinas y doce técnicos. Al poco tiempo compró las acciones a sus socios y contrató operarios colombianos, más hábiles y más baratos. Cuando la empresa iba a iniciar una etapa de expansión, se produjo el bloqueo de los Estados Unidos a los productos japoneses, entre los que se encontraba la materia prima que utilizaba Modelia S.A.

Mazuera logró un acuerdo entre el Banco de la República y la Casa Mitsubishi, cuyo representante se encontraba en ese momento en Bogotá, gestionando la compra de una gran cantidad de platino. El acuerdo consistió en un canje de platino por hilazas japonesas para la industria nacional. El procedimiento era así: el barco japones descargaba las hilazas en Perú, su país amigo, y llegaba vacío a Buenaventura. Allí cargaba el platino y regresaba a Japón. Entre tanto, las hilazas llegaban a Colombia en barcos pequeños por cabotaje, legítimamente  importadas de Perú. Este negociado no prosperó porque el embajador norteamericano lo consideró una burla al bloqueo y una contribución a la fabricación de bombas de guerra del enemigo.

Pero Mazuela no se amilanó. Viajó a Estados Unidos y compro hilazas norteamericanas por valor de US$50.000, en momentos en que el embajador Koruso del Japón adelantaba conversaciones con el presidente de EE.UU. para un acuerdo de paz. De firmarse la paz se hubiera arruinado, porque nunca hubiera podido competir con la industria norteamericana. Pero, para su fortuna, se produjo el bombardeo a Pearl Harbor en 1941 . Los años de la guerra fueron prósperos para su negocio; cuando llegó la paz, vendió la fábrica en condiciones muy favorables a Pepalfa de Medellín.

lunes, 25 de marzo de 2013

EL SIGLO XX

Se inicia el siglo XX con la moda alegre y vistosa de la Bella Época. Las damas siguen usando el corsé porque una falda amplia exige una cintura estrecha. La sociedad se divierte desprevenida. Pero como siempre, después del apogeo de una cultura, viene el fin de la época.

Se desata la guerra europea en 1914. Los hombres val al campo de batalla y las mujeres, a las fábricas a trabajar en la industria de la guerra. Naturalmente, no pueden ir al trabajo con la impedimenta que representa la moda de la Bella Época. Desechan el corsé, las faldas largas, los peinados complicados y se cortan el cabello a "la garçon" como lo usan los muchachos en Francia.

Con este cambio tan radical en las costumbres, la mujer tomó conciencia como ciudadana, con deberes y derechos. El trabajo le abrió una nueva perspectiva. A esto contribuyó también el movimiento feminista nacido en Inglaterra en la Revolución Industrial. Este cambio de actitud influyó naturalmente en el cambio de la moda. Una mujer no volvería a usar un vestido largo, sino en los bailes.

El modisto inglés Redfern creó un traje sastre copiado del de los hombres para la princesa de Gales; se llevaba tanto por la mañana como por la tarde y se combinaba con diferentes blusas. La más novedosa era como las camisas masculinas, con cuello y puños almidonados.

Con el siglo XX se inicia la era del deporte en los Estados Unidos. Deportistas y bañistas son los innovadores de la moda, que se va haciendo más cómoda y funcional.

La primera guerra mundial terminó en 1919. Como reacción a tanto sufrimiento, los años veinte fueron de locura. Se impuso el traje corto estilo talego, adornado con largos collares. El cabello, cortado a "la garçon" se adornó con diademas brillantes y con plumas. Tanto la sociedad europea como la americana, de norte a sur, desde Canadá hasta el Cono Sur, bailaron con frenesí el tango y el charlestón.


En Colombia, el paso de la Bella Época al siglo XX fue paulatino y nunca se olvidó del todo el Romanticismo. Tenemos el retrato de dos señoritas bogotanas, de los años veinte. Los vestidos son de seda, bordados y con alforzas y lucen largas cabelleras. La menor lleva traje corto porque aún es una niña; la mayor usa traje largo porque ya está en "edad de merecer", esto es, ya puede asistir a bailes y tener novio.


No obstante las costumbres conservadoras heredadas de España, en Colombia también se impusieron los ritmos modernos, especialmente el tango. Las presentaciones de Carlos Gardel en los principales teatros causaron sensación y su trágica muerte en Medellín en 1935, produjo un duelo nacional.

En esta portada de Cromos dibujada por el maestro Coreolano Leudo en 1916 vemos a la bogotana romántica con la clásica mantilla elegante y discreta. 

Aquí tenemos a una típica familia bogotana, retratada en el estudio del famoso fotógrafo Gómez. El caballero luce pantalón de fantasía gris con rayas negras, chaqueta negra de paño y un fino alfiler de corbata. Era la indumentaria para asistir a las sesiones del Parlamento, visitar monumentos el jueves santo y para ciertos actos sociales. La señora luce el cabello corto a "la garçon" y el traje corto estilo talego. El niño lleva el clásico vestido marinero importado de Inglaterra, con un pito en el bolsillo. El corte del cabello es el usual en los niños de la época: polca y capul. En la calle usaba la boina "de plato" o marinera, diferente de la boina vasca. El ropón de la niña es primoroso y el adorno del cabello consiste en un gran lazo de cinta de muaré. Esta niña, con el tiempo, llegó a ser la autora de este blog. Tanto la madre como la hija, usaban para salir sobretodo, sombrero, guantes y cartera, y el caballero completaba su atuendo con sombrero y bastón.

Hasta ese momento se había diferenciado totalmente el atavío de los señores y el del pueblo. Los campesinos se vestían con lienzos de Ramiriquí o de San José de Suaita, usaban ruana y alpargates; sus mujeres usaban faldas de zaraza, pañolón negro de flecos, blusas de algodón bordadas, también alpargates y peinaban largas trenzas. Como se lee en las novelas costumbristas como La Manuela, El alférez Real y otras del mismo género, la sociedad se dividía en "los calzados" o "los de botas" y los descalzos. En las acuarelas de la comisión Corográfica encontramos las imágenes de la moda en los pueblos. La discriminación entre "calzados" y "descalzos" vino a terminar en los años 30, por causa de dos hechos históricos que transformaron el mundo: la crisis económica de 1930 y la segunda guerra mundial que se desarrolló entre 1939 y 1945. Con el surgimiento del nazismo y su política racista y dictatorial, muchos judíos emigraron de Europa y vinieron a buscar fortuna en América.

Así fue como llegaron a Colombia muchos extranjeros  incluyendo israelitas, sirio-libaneses, dispuestos a trabajar y crear industrias.

Entre los inmigrantes hebreos se distinguió Simón Guberek. En su libro "Yo vi crecer un país" cuenta que casi todos tuvieron que comenzar a ganarse la vida vendiendo de puerta en puerta mercancías baratas, a plazos. El surtido que podían ofrecer era muy limitado, porque en ese tiempo no había industrias en Colombia.

Este contacto con el pueblo fue rico en experiencias humanas porque les permitió a los inmigrantes realizar un cambio social, que determinó una mentalidad más justa y progresista: se acabó con la diferenciación entre "los calzados" y "descalzos", se operó el cambio del pañolón al sobretodo o al vestido sastre; la moda se unificó sin más diferencias que las determinadas por el gusto y el poder adquisitivo de las personas. Las campesinas que trabajaban en Bogotá en los oficios domésticos y otros menesteres se vistieron como citadinas y hasta cortaron sus tradicionales trenzas para hacerse el "rizado permanente".

La colonia hebrea en Barranquilla comenzó la producción de seda sintética (rayón) en tres grandes plantas: FILTA S.A, CELTA S.A, Y ALFA S.A, las cuales atendieron la demanda doméstica.

A la industria textil siguieron la confección de carteras, zapatos, trajes para hombre y mujer y tejidos de punto.

Hasta entonces, el comercio en Bogotá se había circunscrito a la Calle Real, la Calle 12 y la Plaza de Bolívar. Tres hebreos abrieron el primer almacén en la Avenida de la República (Cra. 7a). Otros siguieron su ejemplo y la Avenida de la República se llenó de almacenes desde la calle 16 hasta la 24. Se llamó "el corredor polaco", porque ya se denominaba así, genéricamente, a los inmigrantes de distinta procedencia. 

Este corredor fue famoso por los almacenes de ropa y las peleterías. El 9 de abril de 1948 todo se quemó.

La inmigración judía trajo progreso porque creó industrias, dio trabajo a los operarios colombianos y motivó a los sastres criollos a producir en serie y a abrir créditos para poder competir.