viernes, 7 de junio de 2013

EN LA JUVENTUD SE VA TOMANDO CONCIENCIA

En 1947 me gradué de bachiller en la tercera promoción del Colegio Alvernia. En esas vacaciones fuimos a San Juan Nepomuceno para conocer al abuelo y a toda la familia.

Por primera vez viajamos en avión. En Cartagena nos esperaba el tío Luis. Mamá, Blanquita y yo conocimos el mar en la playa de Marbella, que entonces era la zona turística. Alberto estaba en Santa Marta con Álvaro Castillo, haciendo prácticas de Ingeniería en la carretera de la cordialidad, pero después llegó a San Juan para la Navidad y el Año Nuevo. Me impresionó mucho la cantidad de negros en Cartagena por todas partes.

Nos alojamos en un hotel del centro, en una habitación grande. Blanquita no podía dormir por los ronquidos de papá y salió al corredor, a caminar. Cuando regresó, vi su silueta recortada en la puerta y me pareció altísima desde mi cama; para colmo, tenía el cabello alborotado por el rizado permanente que le habían hecho para el viaje; en la duermevela pensé que era una negra que entraba a robar y comencé a gritar tan fuerte como cuando vi que me caminaba un cien píes por mi vestido rojo, en Buga. Mamá me abrazó para calmarme, pero cuanto más me apretaba , más pensaba yo que la negra me estaba sujetando para hacerme daño, por haber dado aviso. Los huéspedes de las habitaciones vecinas golpeaban enojados las paredes. Papá encendió la luz, puso término al alboroto y a las cuatro de la madrugada salimos para San Juan.

El abuelo estaba muy fuerte y saludable a sus setenta años. Recorría sus haciendas a caballo y manejaba sus negocios. Había construido un depósito de agua lluvia, cubierto por una plancha de concreto que servía como terraza para hacer tertulias y jugar a las cartas o al dominó. En las épocas de sequía, abastecía a los vecinos en forma gratuita.

Eran muchos los primos. Con las que hice amistad fue con Rafaela, la hija mayor de tío Luis, quien después vino a estudiar al Alvernia, y con Lilia, hija de Mane, de quien heredó poderes esotéricos. Leía las cartas y las líneas de las manos. Pocos años después, se casó con Antonio Ávila, un odontólogo empírico, hijo de un amigo de papá. Toño había estado cortejandome, pero papá lo alejó aconsejándole que se estableciera en San Juan porque allá no le haría falta el diploma.

Toño y Lilia se vinieron a vivir a Bogotá por algún tiempo. A una de sus hijas le pusieron María Luz, mi única tocaya en toda la familia.

Después se establecieron en una hacienda, cerca a Villavicencio. Cuando Toño fue con un hermano suyo a conocer las tierras para comprarlas, se tomaron fotos el uno al otro porque estaba solos en la inmensa llanura. Al revelarlas, apareció misteriosamente la imagen de un llanero de sombrero alón, junto a cada uno de ellos. Ese fantasma siempre los protegió y no permitió que les robaran ni una res ni una gallina. Y cuando Lilia iba a Villavicencio, sola o con los niños, la gente veía que la acompañaba un campesino de sombrero alón, aunque para ella era invisible, y nadie se atrevía a molestarla.

Al regresar de las vacaciones en San Juan, me matriculé en la Facultad de Letras del Colegio Mayor de Cundinamarca. La iniciación de las clases se demoró porque estaban tramitando la utilización provisional de unos salones en el Instituto Colombo Británico, por la falta de una sede propia.

Entre tanto, llegó el 9 de abril de 1948, fecha trágica en la historia colombiana del siglo XX, lo cual demoró aún más la iniciación de las clases.


jueves, 6 de junio de 2013

SEGUIMOS CON REMINISCENCIAS FAMILIARES

Había pensado suspender estas crónicas, una vez cumplidas las etapas de la infancia. La idea era contarles a mis nietos cómo nos divertíamos los niños cuando no había televisión, ni internet, ni videojuegos y tantos dispositivos que los convierten en cibernautas y usan una terminología tan especializada que no me es posible seguir sus diálogos. Mis nietos son muy comprensivos y procuran explicarse y traducirme los nuevos conceptos. Pero es imposible, porque esos conceptos no existen en el español cervantino.

Las comunicaciones entre generaciones, son cada vez más difíciles. Los jóvenes se interesan más por la tecnología que por la historia patria. Y si las dos tendencias llegan a ser incompatibles, el mundo se volvería un caos. 

Mis dieciocho años coincidieron con el inicio de la violencia política, que después degeneró en la violencia que hoy padecemos por cuenta de la guerrilla, el narcotráfico y el terrorismo.

Los jóvenes no saben que pasó el nueve de abril, ni la persecución a los liberales por parte de los gobiernos conservadores, ni lo que fue la dictadura militar. Por eso no es extraño que los hijos de "La Capitana", María Eugenia Rojas de Moreno Díaz, hayan logrado entre el pueblo tan elevada votación, que uno llegó al Senado y el otro a la Alcaldía de Bogotá, y hoy se encuentran entre rejas.

Es deber de los abuelos, los maestros y los escritores contar los hechos de nuestra historia reciente, que no enseñan en los colegios. Los estudiantes en su mayoría saben que pasó el 20 de julio. ¿Pero acaso saben qué pasó el 9 de abril o el 6 de noviembre?. Lo que sí saben, es qué pasó el once de septiembre porque sucedió en los Estados Unidos y los medios de comunicación dieron a conocer el espantoso atentado contra las torres gemelas de la capital del mundo. Un suceso de resonancia mundial.

El asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, hizo reaccionar el pueblo violentamente contra las autoridades, apoyados por un grupo de la policía, con un saldo de miles de muertos, edificios incendiados, saqueos, tranvías destruidos y francotiradores que se tomaron el centro de la ciudad por varios días, conocido como "El Bogotazo" repercutió en muchas ciudades aunque con menor intensidad. Fue el inicio de la violencia política. Pero no llegó a ser noticia mundial, ni siquiera tuvo una gran difusión porque la prensa y la radio estaban controladas.

En cuanto al 6 de noviembre de 1985, el gobierno de Belisario Betancourt para evitar un segundo "Bogotazo", ordenó a su Ministra de Comunicaciones Noemí Sanin, que transmitiera por todos los canales de televisión, un partido de fútbol.

Habiendo sido el holocausto del Palacio de Justicia la mayor tragedia ocurrida en Colombia y en el mundo en la historia judicial, no dejó de ser una noticia local.

Por eso seguiré contando en forma coloquial los recuerdos que guardo de la historia contemporánea de mi país.

martes, 21 de mayo de 2013

ETAPA FINAL DE LA INFANCIA

Cumplida la misión médica de papá en el Batallón Palacé de Buga, lo trasladaron a Bogotá. Aquí cumplió su misión en el Cantón Norte y en la Base Aérea de Madrid, hasta cumplir su tiempo de jubilación y disfrutar de su tiempo libre en uso de buen retiro, gran parte del cual dedicó a su consulta particular y a gozar de sus nietos.

Nuestra vida familiar transcurrió tranquila y cada uno de nosotros pudo dedicarse a sus deberes y aficiones.

Mamá tomó nuevamente los pinceles, que había dejado un tanto olvidados, por causa de los viajes y las travesuras de los niños pequeños.

Alberto, Blanquita y yo cumplimos las etapas normales de la vida: El colegio, la universidad, el matrimonio y los hijos. Me dediqué completamente al hogar, como correspondía a las mujeres de mi generación. Mi diploma en Filosofía y Letras permanecía enrollado en un armario, desde el día de mi grado, al cual no asistí porque coincidió con el de mi matrimonio.

Nuestra vida transcurrió en paz, como debería ser la vida de todos los colombianos. Llegaron las penas inevitables en toda vida humana: el fallecimiento de los padres y la viudez, alternadas con satisfacciones y alegrías: la llegada de los nietos y la incorporación al trabajo.

Colombia es un país tan rico y generoso que a todos sus hijos nos brinda las oportunidades para desarrollar nuestras capacidades y realizar nuestros sueños. Tenemos la mayor biodiversidad del mundo, diversidad de climas, aguas abundantes, selvas, minas, gente buena y todo lo que Dios en su bondad nos dio. Los malos hijos que viven de la corrupción y el terrorismo, no han podido acabar con el país. 

Colombia sigue progresando y brindando oportunidades a todos sus hijos. ¿Por qué se van, los que se van? ¿Por qué se van a realizar sus sueños lejos de la patria, si pueden realizarlos aquí? En otros países no dejarán de ser mirados despectivamente como "inmigrantes". No reconocerán sus títulos académicos y tendrán que realizar los trabajos humildes que no quieren desempeñar los dueños del país.

Doy gracias a Dios por haber nacido en este país y en un hogar privilegiado por el amor.

Formé mi hogar y al quedar sola, pude educar seis hijos, que hoy contribuyen al progreso del país, desde sus respectivas profesiones, en los campos de la salud, la ingeniería, la educación y la cultura.

Para completar la crónica de mi infancia en Potosí, tengo que relatarles como fue mi reencuentro con Chepito Esguerra, 44 años después de habernos conocido en 1935. Este relato está incluido en mi libro Entre la Barbarie y la Justicia: El Holocausto del 6 de Noviembre, en el último capítulo titulado Una anécdota curiosa.

Lo transcribo para los que no han leído el libro:




Capítulo XIII
Una anécdota curiosa


Mi nombramiento como Bibliotecaria de la Corte Suprema de Justicia, se debió en parte a un hecho acaecido muchos años atrás: el conflicto con el Perú.

Mi padre, Julio Arrieta Andrade, un personaje inolvidable, era médico cirujano. En aquel tiempo la medicina era un verdadero apostolado que exigía a los profesionales un sexto sentido que se conocía como el ojo clínico, pues la ciencia no contaba con los elementos técnicos que ayudan hoy al diagnóstico.
Cuando se declaró la guerra con el Perú, su patriotismo lo llevó a alistarse en el Ejército. Su primera misión fue en la Base Aérea de Palanquero, el puerto sobre el río Magdalena, en donde nació la aviación militar. Pilotos alemanes cesantes tras el fin de la Primera Guerra Mundial, instruían a los aviadores colombianos. Eran héroes que cruzaban las montañas sin más ayuda que la brújula y una copa de aceite para medir el nivel del aparato y compararlo con el horizonte.
En Palanquero, la tropa y los oficiales se enfermaban de paludismo. Mi padre instó al Comandante para que ordenara desecar los pantanos que constituían el foco de reproducción del anofeles, y a los pacientes los trató con quinina.
Cumplida esta misión fue nombrado Director del hospital de Potosí, sobre el río Orteguaza, más abajo de Florencia, fundado expresamente para atender a las víctimas del conflicto armado. No había pistas de aterrizaje en la selva, pero sí ríos caudalosos propicios para el acuatizaje.
Potosí era un paraíso en medio de la selva. El clima era benigno, aunque cálido; no había plagas, ni indios salvajes, ni peces carnívoros como se especulaba; los huitotos y los coreguajes eran amistosos; el río ofrecía un baño delicioso con su lecho de arena suave y sus aguas mansas. 
No llegaron muchos heridos de bala en el combate, pero sí muchos enfermos de paludismo, beriberi y demás enfermedades tropicales. La mala alimentación en campaña, sin frutas ni legumbres, les bajaba las defensas. Según contó el coronel Herbert Boy en su libro “Una historia con alas”, el almuerzo consistía en fríjoles con arroz y la cena, para variar, en arroz con fríjoles”.
Mi padre se dedicó a cultivar una huerta con tomates, berenjenas, zanahorias y otras legumbres; organizó un gallinero y una cría de cerdos; colonos cercanos mataban reses y surtían el hospital con excelente carne; el río ofrecía abundante pesca; los aviones militares transportaban medicamentos y mercados; los indios llevaban frutas para canjearlas por otros alimentos, en especial unas piñas blancas muy dulces.
Pronto se tuvo noticia en Bogotá de los atractivos de Potosí, y fue llamado el “Hotel Granada del Sur. Cuando se supo que el doctor Arrieta había llevado a su propia familia, los aviadores y los oficiales comenzaron a llevar a sus esposas e hijos, a pasar temporadas.
Un buen día llegaron en una lancha unos visitantes muy distinguidos: la esposa del Intendente del Caquetá con un grupo de amigas y un niño de unos doce años. No llevaban más escolta que el maquinista de la lancha. Habían salido de paseo río abajo, con la intención de regresa a Florencia el mismo día; no llevaban equipaje alguno sino solamente los vestidos de baño.
A los visitantes les gustó tanto ese paraíso selvático y fueron tan bien atendidos por mis padres, que decidieron quedarse varios días. Y su estadía se habría prolongado aún más, de no haber sido por un telegrama urgente que el Intendente le envió a mi padre y que decía escuetamente: Atájelas.
A mis tres años se me grabó el nombre del niño, Chepito Esguerra, porque mamá lo nombraba con frecuencia cuando se lo ponía como ejemplo a mi hermano Alberto, por su educación y sus buenos modales. –“¿Señora Marujita, se podrá repetir? –preguntaba comedidamente cuando alguno de los alimentos era de su especial agrado.
Como pude comprobar cuarenta y cuatro años más tarde, el niño de entonces había atesorado recuerdos imborrables de la aventura vivida en el corazón de la selva, cuando se bañaba en ese inmenso río en el que se podía jugar en la orilla, pero que sólo los nadadores expertos se atrevían a cruzar; cuando en compañía de un grupo de cazadores, oficiales y soldados, abriendo trocha con machetes, lograban un chigüiro de carne deliciosa o cuando pacientemente esperaban a que picara algún bagre para la cena. Tampoco había olvidado a los indios que en rudimentario castellano definían así su filosofía de la vida: “Canoa teniendo, mujer teniendo y harta chaquira teniendo... ¡qué más queriendo!”.
Cuando supe que la Bibliotecaria de la Corte Suprema de Justicia se iba a pensionar, me presenté en el Alto Tribunal con una carta de mi amigo el abogado Eduardo Santa para su colega José Eduardo Gnecco Correa, Magistrado de la Sala Laboral, y le hablé de mi aspiración a ocupar tan honroso cargo.
El doctor Gnecco me atendió amablemente y me condujo al Despacho del Presidente. Su   nombre impreso bajo la placa de bronce que decía “Presidencia”, me intimidó no poco: José María Esguerra Samper.
El Presidente acogió mi solicitud con benevolencia y me pidió que llevara la hoja de vida . Al salir del Despacho, el doctor Gnecco se despidió familiarmente con un “Adiós, Chepe”. Y se me hizo la luz: el Presidente de la Corte Suprema de Justicia ¡era Chepito Esguerra!
Mi padre había sido un gran aficionado a la fotografía. Con una cámara Kodak de fuelle, había capturado imágenes de los lugares exóticos e interesantes a donde le llevó su trasegar como médico militar. Naturalmente, no podían faltar las fotografías de Potosí que yo había visto muchas veces en el album familiar.
Al llegar a mi casa las busqué y las hallé fácilmente. Mi padre las ordenaba cronológicamente y les escribía el año en una esquina. Ëstas estaban fechadas en 1935. Se veía el grupo de las señoras exploradoras en traje de baño, al lado de la lancha, con el paisaje selvático al fondo. Al lado de ellas, Chepito Esguerra como su edecán. En algunas aparecía yo, a mis tres años, con una gran corrosca que me protegía del sol.
Volví a la Corte llevando mi hoja de vida y, también, las fotografías. Cuando el doctor José María Esguerra Samper las vio, se emocionó y comenzó a identificar a las señoras, comenzando por su tía doña Saturia Samper. Luego preguntó por mí y le enseñé la niña con corrosca. –¿Y su papá en dónde está? –Él tomó las fotos. –¿Dónde puedo conseguirlas? –Son suyas, doctor.
El hecho de haber despertado las simpatías del Presidente con los recuerdos de Potosí, no era suficiente para que considerara mi solicitud. Pero, modestia aparte, mi currículo era excelente y cumplía con todos los requisitos de la recién promulgada Ley de Bibliotecología. Aunque mi título universitario no es en Bibliotecología sino en Filosofía y Letras, ya había trabajado más de tres años en bibliotecas oficiales, como Jefe de las bibliotecas públicas de Colcultura y como Subdirectora de la Biblioteca Nacional.
Todos los nombramientos de la Corte Suprema de Justicia debían ser aprobados por la Sala Plena. El doctor Esguerra y el doctor Gnecco planearon mi campaña electoral: cada uno hablaría con los Magistrados más amigos. El doctor Esguerra me contó con su fino humor, que había preguntado a sus colegas si querían ver una foto en la que estábamos los dos; ellos aceptaban suponiendo que sería reciente, tomada en algún evento social o académico y sentían curiosidad por conocer el aspecto de la aspirante a Bibliotecaria. Pero yo tapo la fecha con el dedo –me decía– porque la perjudica.
En la Sala Plena fui elegida por una votación de veintitrés contra uno. Los Magistrados Esguerra y Gnecco se preguntaban quién sería el que votó en contra. “Debió ser Gustavo Gómez Velásquez –dijo el doctor Gnecco– porque siempre me lleva la contraria”. Pero no lo he creído, porque él siempre fue muy deferente conmigo.
En 1984, el doctor José María Esguerra Samper se retiró de la Corte Suprema de Justicia. El doctor José Eduardo Gnecco Correa fue una de las víctimas del Holocausto, porque ese era su destino. Había salido del Palacio para dictar su cátedra de Derecho Laboral en la Universidad de El Rosario, pero se devolvió porque había olvidado el Código. La secretaria de un Magistrado vecino a su Despacho se sorprendió al verlo de regreso y le preguntó el motivo. “Y usted para qué quiere el Código –bromeó ella– si se lo sabe de memoria?”
En su despacho lo estaba esperando un vendedor de libros, quien lo entretuvo unos pocos minutos, pero fueron los suficientes para que entrara el M-19.


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FIN

PAPÁ SE ENFERMA

Blanquita crecía linda y fuerte. Aprendió a caminar y a decir las primeras palabras. Nos causaba admiración su fuerza, pues podía mover un asiento. Su entretención favorita era clavar puntillas en una pared del solar, que era de adobe. No me he explicado esa afición, ni por qué le proporcionaron un martillo de verdad y una caja de puntillas de una pulgada. Un día me acerqué a mirarla y me dio un martillazo en la cabeza.

Otro día tuvimos un susto terrible por causa de un bombón santandereano que me había salido en la sorpresa de una piñata. Era duro, del tamaño de un mamoncillo y la superficie estaba llena de turupes. Se me atoró en la garganta y me dificultó la respiración. Al tratar de gritar emitía un rugido espantoso. Mamá gritaba, papá me sacudía y con el alboroto llegaron los vecinos, pues las casas se comunicaban por los solares y los patios. Finalmente, con un golpe certero logró papá que arrojara lejos el bombón. La faena había durado tanto, que ya se habían gastado los turupes y el bombón estaba liso. Tal vez por eso fue que al fin salió. Pasé varios días con tanto dolor en la garganta, que se me dificultaba comer y hablar.

Por esta época comenzó el auge de los electrodomésticos  Un aparato eléctrico como la plancha, despertaba desconfianza y miedo entre las amas de casa y sus empleadas, por lo cual la Philips las entregaba gratuitamente en período de prueba por una semana. Si la plancha era aceptada, se podía pagar en cinco mensualidades de $1,00.

Con frecuencia íbamos a pasear al río Guadalajara, en donde el baño era muy agradable. En los prados de las orillas, volábamos las cometas de grandes dimensiones que hacía papá, en tela y con rumbadores.

Pero esos paseos a río trajeron graves consecuencias para su salud. Él solía dejar la ropa en una cerca de alambre, en donde se recostaba el ganado y así adquirió la tinomicosis, una extraña enfermedad que le da al ganado, pero nunca se había descubierto en los seres humanos.

Por esta novedad, se dispuso el regreso a Bogotá. El 6 de agosto de 1938 se cumplía el cuarto centenario de su fundación y se habían programado grandes festejos, entre ellos un gran revista aérea en el Campo de Santana, en donde se habían construido tribunas cubiertas para que las autoridades y los personajes ilustres pudieran apreciar el espectáculo.

Nuestro viaje se frustró por algún inconveniente, lo cual desilusionó mucho a mamá. En septiembre se llevó a cabo una gran parada militar en el Campo de Santana, como uno de los actos de celebración de la efemérides. Las tribunas estaban colmadas por destacadas personalidades, entre ellas el presidente saliente Alfonso López Pumarejo y el entrante, Eduardo Santos.

Lo más importante iba a ser la revista aérea con las escuadrillas perfectamente formadas y las acrobacias ejecutadas por los aviadores. De pronto, un avión Hawk cuyo piloto, quiso hacer un saludo a los presidentes, rozó con un ala el techo de la tribuna, perdió el control y cayó causando una tragedia en la que murieron setenta y cinco personas y más de cien que resultaron con quemaduras graves. Misael Pastrana Borrero, muy joven, estaba presente. Tuvo que ser sometido a varias cirugías en el rostro de las cuales quedó con una sonrisa permanente, que lo favoreció en su vida política.

Mamá le agradeció al Señor de los Milagros los inconvenientes para el viaje, ya que teníamos puesto reservado en las tribunas por ser papá oficial del ejército.

Después de esto, llegamos a Bogotá para que papá fuera tratado por los médicos del Hospital Militar, que entonces quedaba en San Cristobal. Mientras estuvimos en Buga, los Ortiz habían vuelto a su casa de la Calle 9a. Nosotros nos instalamos provisionalmente en la Pensión Atenas que quedaba a la vuelta, en la carrera 6a entre las calles 8a y 9a. Era una casa inmensa, de un piso, pero por el declive del terreno en la Candelaria habían construido al frente un semisótano, en donde funcionaba una tipografía. Tenía un jardín central rodeado de habitaciones; luego, el comedor y los baños que eran compartidos porque no los había en cada habitación. Atrás había otro patio con cuartos de menor categoría y, al fondo, un gran solar con árboles y columpios. Nosotros ocupamos las habitaciones del frente, con ventanas a la calle.

Esa casa sirvió después como residencia para jóvenes universitarias, administrada por monjas. Tuve la oportunidad de volver para estudiar con Yanira Olaya, mi compañera de la facultad de Filosofía y Letras, quien se alojaba allí.

Esa residencia era conveniente por la cercanía al Hospital Militar, al que papá tenía que ir constantemente para someterse a los exámenes necesarios para el diagnóstico.

Se le había formado una llaga en la mitad del pecho, que cada día se ampliaba y se profundizaba. Agotados los recursos médicos de la época, los médicos diagnosticaron cáncer y lo desahuciaron  Se preveía una metástasis y ningún médico quería hacerse cargo de él. Sin embargo, lo sometieron a una cirugía de limpieza que le dejó una cavidad tan grande, decía él, que tenía el diámetro de un limón y la profundidad de un cigarrillo. Se hizo tomar fotografías. Las monjas del Hospital lo curaban con panela raspada y la cavidad se fue llenando hasta que quedó solamente la cicatriz. Papá no aceptó el diagnostico y comenzó a investigar por su cuenta. Encontró lo datos de un médico ruso, el doctor Finiciff, que había tratado casos similares de tinomicosis.

Como llegamos en octubre, era preciso esperar al año siguiente para que Alberto continuara sus estudios y yo entrara al colegio. Mientras tanto, Benildita Ortiz ofreció darme clases de piano. Mamá aceptó y yo tuve que ir, sin tener la menor disposición.

Benildita se quedó soltera porque cuando Enrique Fandiño pidió su mano, el padre se la negó aduciendo que estaba muy joven; en cambio, le ofreció la mano de Ramona, la mayor. Enrique aceptó de buen grado, porque las dos hermanas eran igualmente lindas, rubias de ojos azules. En una fotografía que tomó papá cuando estaba de novio con mamá, aparece toda la parentela Fandiño Ortiz, Ortiz Jiménez y Rodríguez Ortiz. Ramona es una matrona que está sentada al frente. La rodean sus hijos, ya mayores pues Ramoncito viste de sotana. En la fila de atrás está Enrique Fandiño junto a Benildita, susurrándole algo al oído. Tal vez algo romántico, pero inocente.

Enrique y Ramona constituyeron un matrimonio prolífico: tres hijas monjas, un sacerdote, Ramón; Carlos y Antonio, solteros; Joaquín, el único que se casó y Rosita, soltera, dedicada al canto y al piano. Su canción preferida, la que interpretaba en todas las reuniones comenzaba: "Si yo encontrara un alma como la mía..." Tal vez, nunca la encontró.

Benildita me daba la clase y me dejaba haciendo ejercicios en esa sala penumbrosa  pues solamente abría el postigo más cercano al piano. Los muebles seguían cubiertos por sábanas blancas. Una vez, aburrida, pasé un dedo por sobre el marfil de una tecla con tan mala suerte que se despegó la lámina. Me asusté, cerré el piano  me despedí de mi maestra y subí al tercer piso para recoger mi sobretodo, que se había quedado en la alcoba de Lucy. Al entrar, vi en un rincón un fantasma que se movía y se me acercaba. Presa del pánico salí corriendo y gritando, di un traspié y caí de bruces en el patio. Mamá y Tita salieron de otra habitación en mi auxilio, sin explicarse qué pasaba. Al fantasma se le cayó la sábana y quedó al descubierto: era Lucy, que había cogido un plumero largo, de los que se usaban para limpiar las telarañas del cielo raso, tan alto en las construcciones antiguas; había puesto en el extremo un sombrero de Manuel, de los de media calabaza; lo había cubierto con la sábana y se había metido debajo para mover el palo.

Tita la reprendió porque no estaba bien que una señorita ya presentada en sociedad, se divirtiera asustando a su primita de ocho años. Esto, y mi confesión con respecto a la tecla, dieron fin a mis lecciones de piano. Tita y mamá buscaron discretamente un técnico que arreglara el desperfecto, antes de que Manuel se diera cuenta.

Algunas veces me llevaban a las fiestas de los Ortiz. Eran invitadas frecuentes la soprano Alicia Borda y su hermana Julia, casada con el profesor Rochester, distinguido intelectual y catedrático de la Universidad Nacional, de raza negra. Humberto no sabía apreciar el "bel canto"; cuando Alicia Borda entonó el "chi rivi riví" por solicitud de los asistentes, a Humberto lo acometió un terrible acceso de risa; yo lo sorprendí debajo de la escalera, todo morado, mordiendo un pañuelo.

En 1939 estalló la segunda guerra mundial. Las comunicaciones con Europa eran muy difíciles pero papá logró establecer correspondencia con el doctor Finikoff. Él le recomendó un tratamiento con inyecciones intravenosas, preparadas en aceite de maní. Serían veinte inyecciones, por lo menos. Consiguió que se las prepararan, pero no lograba conseguir quien se las aplicara, por el peligro de una embolia. Dio con un enfermero a quien ya se le había muerto un paciente y le aseguró que ya no se le podría morir otro. El enfermero aceptó y comenzó el tratamiento.

Durante esta enfermedad, mamá seguía prendida del Señor de los Milagros y pensaba qué podría hacer ella si papá llegara a faltar. Su alternativa sería volver a San Juan Nepomuceno y acogerse a la protección del abuelo. Cuando iban por la inyección número doce, papá sufrió un amago de embolia. Fue hospitalizado y lo superó, pero decidió suspender el tratamiento para no correr más riesgos. Sin embargo, las doce inyecciones fueron suficientes y se curó.

Papá viajaba con frecuencia en giras de reclutamiento. Cuando le tocaba por la región del Magdalena, salíamos a recibirlo a alguna de las estaciones del ferrocarril a Girardot. Nos encantaban las frutas, las arepas y las gallinas criollas que los campesinos sacaban a vender, así como los perfumados jazmines. 






viernes, 17 de mayo de 2013

INFANCIA EN BUGA

En Buga nos instalamos en una casa en donde había muerto un tuberculoso. A pesar de que había sido totalmente pintada y desinfectada, llevaba varios meses desocupada por el miedo que la gente le tenía al contagio.

El hecho de que la tomara un médico y llevara a su familia, le quitó la maldición a la casa. Era de un piso y muy amplia. En el patio delantero había un gran bugambil y en el solar había aguacates, naranjas, limones y primaveras, unas flores rosadas que crecen en festones y se usaban para adornar las fachadas en las procesiones del Señor de los Milagros. Tenía muchas habitaciones en línea, comunicadas entre sí.

Cada siete años se hacía una fiesta especial en honor del Señor de los Milagros, el Patrono de Buga, a la que asistían todos los obispos del país, comunidades religiosas y muchísimos devotos. Cuando llegamos no tocaba la fiesta, pero un borracho se subió al altar y con un machete rompió el costado del Cristo. Las autoridades religiosas dispusieron que se celebrara la fiesta en desagravio.

El festejo duró varios días durante los cuales se engalanó la ciudad con arreglos florales, especialmente con festones de primaveras. Hubo procesiones, Misas, retretas en el parque y juegos pirotécnicos bellísimos  que yo no había visto nunca.

Un día observé a la altura del pecho, sobre mi trajecito rojo de crespón, un gusano negro con el lomo amarillo que avanzaba lentamente hacia arriba  Comencé a gritar y a correr pasando por todas las habitaciones hasta el solar y regresando por el patio para repetir el recorrido, sin dejar de gritar aterrorizada. Todos se alarmaron pensando en un ataque repentino de locura. Papá me detuvo, la dio un pastorejo al gusano y todo volvió a la normalidad.

En Buga hicimos amistad con la familia Albarracín Morales. El doctor Leopoldo era médico especialista en lepra; María su esposa era venezolana; sus hijos eran Hernando, Beatriz y Cecilia, de edades correspondientes a las nuestras. María y mamá se entretenían haciéndonos vestidos a la moda de Shirley Temple y "a la medida"; esto es, la niña se sentaba y la medida del largo se tomaba desde el hombre hasta la base del asiento. Había una gran afinidad entre las dos familias y la amistad perduró por muchos años porque ellos tambíen volvieron a Bogotá en donde seguimos frecuentándonos.

Los domingos íbamos los niños a matinal, a ver películas de Tarzán o de vaqueros con Tim Mc Coy. Después  almorzábamos por turnos en una de las dos casas y pasábamos toda la tarde jugando. En los solares hacíamos carpas como los exploradores de las películas y recreábamos los que habíamos visto en el cine. Una tarde, en casa de los Albarracín, lancé un palo de escoba como si hubiera sido la lanza de un pigmeo africano, con tan mala fortuna que le pegó a Hernando en un ojo. Alberto y yo asustados, dimos por terminada la visita. Al día siguiente Hernando se presentó en nuestra casa, pretextando una razón que María le mandaba a mamá. Cuando ella vio el ojo "colombino" de Hernando, se deshizo en exclamaciones de horror. "¡Por Dios, Hernandito, qué te pasó?" "- Nada, nada Marujita" respondía con toda educación, siguiendo instrucciones de María  Pero yo me sentí tan culpable y avergonzada, y a la vez tan cobarde, que solamente deseaba que la tierra me tragara.

Teníamos otros amiguitos en la cuadra, de los cuales recuerdo a Camilo Saavedra y a Bety Sanclemente. Por las tardes, cuando había pasado el calor, solíamos jugar en el patio a "¿Lobo, estás?" y el lobo se emperifollaba detrás del bugambil hasta que estaba listo para salir a perseguirnos. También jugábamos al gato y al ratón y a la pelota envenenada.

Disfrutábamos con nuestros padres programas novedosos como los recitales de Berta Singerman, los perritos comediantes, el circo y la ciudad de hierro, en la que me maravilló el espectáculo de dos motociclistas dando vueltas a gran velocidad, dentro de una esfera de varillas metálicas.

Alberto entró a primero de bachillerato en el Colegio Académico. Escribió una composición sobre Potosí, y el profesor pensó que la había copiado de algún libro de Emilio Salgari.

Papá escribió esta leyenda:
La familia Arrieta
con la bicicleta
y hasta la muñeca,
para estar completa.
A mí me iban a matricular en el colegio de las madres Marianitas, pero cuando vieron que el uniforme era de paño negro, desistieron. Entonces entré a un colegito cercano, en donde no permanecí mucho tiempo, por varias razones: me pusieron una plana con errores de ortografía; un día me dio un soponcio en clase de costura, porque en Buga como en Cartago, son muy importantes los bordados y en el salón almacenaban tal cantidad de sábanas enrolladas en tambores que casi no quedaba aire y, finalmente, porque un día nos detuvieron a la hora de salida, nos alinearon de pie en el patio para oír las extensas quejas y explicaciones de la Directora por tanto tiempo, que mi pobre vejiga no aguantó más.

Mamá se dedicó a darme las clases correspondientes y en un año adelanté dos, porque cuando volvimos a Bogotá entré a tercero de elemental, en el colegio de las Mariño. Me gustaba tanto la lectura, que me devoraba los libro de Emilio Salgari que le compraban a Alberto y la revista Billiken a la que teníamos suscripción. También me leí la novela original de Edgar Rice Burrougs "Tarzán de los monos", de donde salieron las historietas gráficas y las películas. Este libro era bien voluminoso y no tenía ilustraciones, pero me encantó.

La revista Billiken traía juegos para armar. En uno de los números venía un teatro Guiñol. Alberto armó el escenario, recortó los personajes y los pegó en cartulina. Cada uno tenía dos caras: una sonriente y otra triste o una seria y otra gruñona, según el personaje. Estaban la dama joven, el galán, el villano, el rey, la bruja y otros.

Mamá hizo un telón de crespón rojo con un retazo de mi vestido y lo adornó con con lentejuelas. Alberto escribía los libretos y manejaba los muñequitos, imitando las distintas voces. Nos reuníamos muchos niños para ver las funciones y nos divertíamos en grande.




UN MIEMBRO MÁS EN LA FAMILIA

Blanquita nació el 7 de noviembre. Papá la recibió como nos había recibido a Alberto y a mí, en la propia casa. Era una bebé preciosa y siguió siendo muy linda.

Al iniciarse el año escolar de 1936, Alberto continuó sus estudios en el Liceo de la Salle que quedaba a dos cuadras, con todos los muchachos del vecindario.

Yo entré al Kinder del Instituto Pedagógico, por consejo de Fidel Perilla, cuyas hijas estudiaban allí. Fue un consejo acertado porque el kinder representó un avance en la educación preescolar. Fue creado por la Misión Alemana para la Educación, dirigida por la doctora Georgina Fletcher. La casita, que aún existe, fue diseñada especialmente para los niños, con sus baños y muebles proporcionados a su tamaño. En ese kinder, Fernando y Carlos, mis hijos mayores, también iniciaron sus estudios.

La arenera fue una novedad. El primer día los padres esperaban que nos quedáramos llorando tan pronto como ellos se fueran. Pero las profesoras dispusieron que los niños cargaran en la espalda a las niñas y nos fuéramos a jugar a la arenera. A mí me tocó que me llevara el hijo de Pedrito Gonzáles, el médico que me había tratado el sarampión. Mamá se asomó por la tapia y me vio tan contenta, que se fue tranquila para la casa.

Me enseñaron las primeras letras en la cartilla de Baquero. Como me explicaron que la H es muda, no quise aceptar la pronunciación de la CH y leía "cocolate", sacando de paciencia a la profesora.

Mi abundante cabello pajizo llamó la atención de unas niñas. Durante un recreo, una de ellas comenzó a mechonearme fuertemente; al oír mis gritos, la maestra llegó en mi socorro, la mechoneadora me soltó y le dijo a la otra: "¿Se fija que no era peluca?".

Amanda Varela, cuyo nombre nunca se me olvidará, me tenía antipatía gratuita. Yo lo presentía y la evitaba. Pero un día me encontró sola en el salón, se me tiró al cuello y me enterró las uñas. Me dejó unas marcas tan terribles, que al día siguiente mamá fue a darle las quejas a la Directora, en lo que se demoró un buen rato. Yo estaba esperándola en la portería, pensé que se le había olvidado ir por mí, y me fui para la casa, atravesando potreros para abreviar, porque todavía no se había urbanizado de la carrera séptima hacia el occidente. Mamá regresó a la casa muy angustiada y me encontró jugando con Blanquita. Ese día no la había llevado en su cochecito porque tenía que hablar con la Directora. Pero ya era costumbre el paseo diario al Pedagógico.

Aprender a leer es un prodigio que pasa inadvertido, porque es normal para los seres privilegiados, en un país en donde el analfabetismo alcanzó tan altos índices en el pasado. En la Navidad de 1936, entre otros regalos, el Niño Dios me trajo un libro muy lindo titulado "Lluvia de cuentos", de la editorial española Callejas,  con tapas duras repujadas y forradas en tela roja, con bajorrelieves en dorado e ilustrado con grabados. Lo disfruté mucho tiempo, porque leía y releía los cuentos. A pesar de que estábamos gozando la vida en Chapinero, tuvimos que partir nuevamente. Esta vez a Buga, porque papá fue trasladado al Batallón Palacé.


viernes, 10 de mayo de 2013

INFANCIA EN CHAPINERO

Nos instalamos en una quinta en Chapinero, en la calle 64 No 5-02. Tita y su familia se pasaron a otra quinta en la misma cuadra, pero más cerca al cerro. Humberto y Lucy ya eran grandes e iban a bailes. Lucy estaba de novia con Alberto Cohen, con quien no se casó por la oposición de Manuel, debida a que él era judío. Humberto coqueteaba con Cecilia Lizarralde, Alicia, por ser la menor, compartía los juegos con nosotros.

Aquí comenzó una nueva etapa de nuestra vida, que representó la amistad con otros niños. La familia que ocupaba la casa vecina era la de los Rodríguez Hoffman. El hijo mayor, Hermann era de la edad de Alberto; seguían Aníbal, Irma, Carmen, Leonor, Gloria, Gladys y un bebé. En nuestra cuadra vivían también los Méndez Munévar, que tenían una panadería en la casa. Recuerdo a Teresita y a Jorge, quien llegó a ser un empresario muy importante. Los Castilla Uribe vivían junto a los Ortiz; los niños eran Oswaldo, Yolanda, Pachito y Félix.

Papá se reencontró con un colega del Congreso, Fidel Perilla, que vivía con su familia en la calle 65. Su esposa era Leonor Rojas y sus hijos Leonor, Fidel, Cecilia, Beatriz y Fanny, cuyas edades oscilaban entre los doce y los tres años. En la 65 vivían también los Zapata, hijos del doctor Ramón, médico y autor de un libro sobre raíces griegas y latinas empleadas en medicina. Ellos eran Ramón, que también llegó a ser médico; Emma, que se casó con Jaime Uribe, un ingeniero amigo de Alberto, y Felipe, un intelectual a quien volví a encontrar en la editorial de Gonzalo Canal Ramírez y en la Academia de la Lengua. Era imposible que relacionara a la doctora de Noguera, como me presentaba Gonzalo, con la hermanita de Alberto Arrieta, su compañero de juegos, y me pareció tonto traer a colación esos recuerdos de la lejana infancia.

Con estos y otros niños de la cuadra compartíamos los juegos. Los muchachos jugaban con el balón, montaban en patines o en patinetas, aprovechando que la cuadra es muy pendiente. Las niñas jugábamos a las muñecas y a los cocinados.

Nuestras madres nos organizaban paseos al "bosquecito" que existía porque aún no habían urbanizado lo que hoy conocemos como Chapinero Alto. El bosquecito estaba surcado por la quebrada de Las Delicias, hoy canalizada. Había árboles pequeños con gruesas ramas, a los que nos subíamos para emular las hazañas de Tarzán. Jugábamos gambetas en los lindos prados, en donde crecían flores silvestres y "dientes de león", que soplábamos hasta hacerlos perder todas sus motas.

Llevábamos fiambres consistentes en pan con salchichón o con génovas y preparábamos chocolate en la hoguera.

Oswaldo Castilla quiso en una ocasión lucirse ante Alicia Ortiz, cuyos lindos ojos verdes lo tenían fascinado y se subió a un pino muy alto del cual se lanzó con un paraguas abierto; por supuesto, se dio un golpe muy fuerte, pero afortunadamente no le trajo consecuencias.

Los domingos asistíamos a Misa en la Iglesia de Lourdes y después íbamos a comer empanadas en Las Margaritas, pasando por un puente de madera sobre la quebrada de Las Delicias. Era un paseo gastronómico  pues rematábamos con obleas donde "Petronita", en una casa antigua situada sobre la carrera séptimas con un gran jardín en el que tenían un mico encadenado; vendían, además de las obleas, toda clase de dulces, especialmente los caramelos de chocolate y las marquesitas de ariquipe, breva o guanábana.

Llegábamos a la casa en donde no esperaba el ajiaco dominguero, precedido por la crema de curuba y seguido por el seco o plato fuerte, el dulce de almíbar y el vaso de leche para los niños. Con frecuencia nos acompañaban Ana y Margarita Pérez.

Otras veces íbamos a Misa a la Porciúncula, en la Avenida de Chile y subíamos a la séptima en donde se encontraba el "Tout va bien", famoso por sus empanadas y merengues.

En la Semana Santa estrenábamos atuendo completo para ir el jueves a visitar los monumentos. Tomábamos el tranvía en la carrera trece y nos bajábamos en la calle veinte para visitar la iglesia de Las Nieves; luego, La Tercera, la Veracruz, San Francisco, Santo Domingo, la Catedral y San Ignasio. Después tomábamos helados en una heladería muy famosa que quedaba al lado del Capitolio, sobre la carrera octava. Recuerdo que le decían el "Quismepai", nunca lo vi escrito, pero debía ser algo en inglés. Regresábamos en tranvía para disfrutar un delicioso almuerzo de abstinencia.

El viernes Santo era mejor aún el almuerzo, porque como era ayuno y abstinencia, estaban prohibidas las mediasnueves y las onces. Siempre iban las Pérez. Durante el almuerzo escuchábamos por radio el sermón de las Siete Palabras, devotamente, comiendo sin conversar. Después íbamos a la Iglesia de Lourdes a oír el sermón del descendimiento y a ver pasar la procesión de la Dolorosa.

Alberto y Hermann decidieron montar una obra de teatro y eligieron el elenco entre los niños mayores. Leonor Perilla sería la novia de Hermann, pero por ser vanidosa perdería su amor; Alicia Ortiz lo conquistaría con sus virtudes; Alberto era el actor de carácter y el Director.

Se vendieron las boletas en el vecindario, a dos centavos. La sala de nuestra casa que era amplia y estaba dividida por un arco, se habilitó como platea y escenario. A mí me encargaron de vender los dulces.

La tarde del estreno, las madres estaban maquillando a las actrices. A Alberto le pareció que Leonor Perilla estaba muy bonita y lo manifestó en voz alta: "Qué linda está la novia de Hermann". Este comentario rompió los nervios de la pequeña actriz, quien prorrumpió en un fuerte llanto. La madre y el Director hicieron lo posible por calmarla, pero fue en vano. Doña Leonor la tomó por el brazo y la condujo al sofá que estaba preparado en el escenario. La niña se tendió en él, pero siguió llorando. Corrieron el telón, el público esperaba ansioso el desarrollo de la obra, pero el Director tuvo que afrontar el fracaso y citó para una nueva presentación el sábado siguiente.

Entonces decidieron que yo reemplazara a Leonor. Me enseñaron  el papel, porque yo no sabía leer. Y al sábado siguiente, se presentó la obra con todo éxito. Al correr el telón, yo aparecía con un vestido largo de cola y un espejo en la mano (que era de mamá y aún lo tengo), mirándome con coquetería y declamando: "Dicen que soy muy coqueta, pero eso a mí no me inquieta pues mi belleza me escuda". Alicia botaba por la ventana tapas de cerveza que habíamos conseguido en una tienda, para representar las monedas que daba a los pobres en su inmensa generosidad. Me posesioné de mi papel en tal forma, que al finalizar la obra y ver que Hermann se iba con Alicia, lloré con lágrimas de verdad.

Ahora, cuando estoy disfrutando de la llamada "edad dorada", me he vuelto a encontrar con las Perilla en paseos y fiestas que se organizaban en Sosacá. Le hablé a Leonor de aquella representación teatral y me aseguró que no se acordaba de nada.

martes, 7 de mayo de 2013

EN PLENA SELVA

Viajamos en tren hasta Neiva, en donde papá esperaba. De allí nos trasladamos a Florencia por una carretera construida a marchas forzadas, porque no existía antes de la invasión peruana. Era una angosta cornisa que bordeaba la cordillera, y parecía que las ruedas traseras del carro no iban a tocar tierra después de cada curva. Al mirar hacia abajo, sólo se veía una espesa capa de niebla. Mamá no soltaba el rosario. Fue tal la angustia de ese viaje, que se decidió desde ese momento que el regreso sería en avión. En avión militar, por supuesto, porque la aviación comercial apenas se iniciaba en Barranquilla y Medellín y pasaría mucho tiempo antes de que los colombianos le perdieran el miedo.

De Florencia navegamos a Potosí en una lancha. Fueron varias horas por las tranquilas aguas del río Orteguaza admirando la selva, de la cual solamente teníamos una pálida noticia obtenida en las películas de Tarzán. Nos sorprendían sus árboles gigantescos, sus perfumes intensos, sus ruidos impresionantes como la algarabía de las guacamayas, los chillidos de los monos y los cantos de pájaros desconocidos como el diostedé, llamado así porque canta muy claramente "Dios te dé".

El hospital y sus dependencias eran de una solo piso, construido sobre estacas de madera. Las gallinas andaban por debajo de la construcción y dejaban allí los huevos.

Cuando se supo que el doctor Arrieta había llevado a su familia, los aviadores y los oficiales comenzaron a llevar a las suyas, a pasar temporadas. El hospital de Potosí se conoció como el Hotel Granada del sur. Éste había sido el hotel más elegante de Bogotá, hasta que fue incendiado el 9 de abril de 1948, cuando se cometió el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el pueblo reaccionó con ira y dolor. Quedaba en el costado sur del parque de Santander, en donde hoy se levanta el Banco de la República.

El baño en el río era una delicia porque el lecho era de arena y había una parte muy pandita, en donde me dejaban con Bibiana mientras los nadadores hacían gala de su destreza. Algunos, hasta se atrevían a cruzarlo.

Al otro lado del río había un poblado de indios huitotos. Visitaban el hospital con frecuencia para ofrecer por trueque unas deliciosas piñas blancas que cultivaban. Por el contacto con las autoridades intendenciales y con los colonos blancos, hablaban un español muy rudimentario. Se les dificultaba la conjugación, que en realidad resulta muy difícil para quienes no tienen el español como lengua madre. De manera, que solamente usaban el gerundio y resumían así su filosofía de la vida: "canoa teniendo, mujer teniendo y harta chaquira teniendo, qué más queriendo".

Tenían la costumbre ancestral de sacrificar a los niños que no hablaran a los tres años. En Potosí había un indio mudo, que uno de los empleados había salvado del sacrificio y lo había adoptado. Era un excelente cazador y pescador.

La mejor atención que los huitotos podían hacer a los blancos era invitarlos a tomar "cazaramano" Esta era una sopa a la que echaban cuanto animal podían cazar a mano: micos, culebras, ranas, ratas, murciélagos  iguanas o lo que fuera. El invitado que se atreviera a rechazar este plato, era considerado enemigo de la tribu.

En Potosí permanecimos ocho meses. Por las noches papá nos contaba cuentos de la comadreja, una serie que duró los ocho meses sin que decayera el interés, porque era un derroche de imaginación  ¡Cómo lamento no poder recordar las aventuras de la comadreja  Sólo recuerdo que cuando comía pescado podía nadar, y cuando comía pájaros podía volar.

Se organizaban grupos de cazadores que penetraban en la selva abriendo trocha con machete y conseguían chigüiros de carne deliciosa. A veces llevaban a Alberto, que por ser hombre y más grande que yo, pudo disfrutar de experiencias maravillosas que a mí me estuvieron vedadas.

Nuestras mascotas eran un tente, una mica churuca y una pareja de periquitos. El tente es un ave zancuda de menor tamaño que una gallina; su aspecto no es muy atractivo porque sus plumas son entre negras y carmelitas, pero es muy inteligente. El tente cuida muy bien a los bebés y no permite que se les acerquen ni un zancudo ni una culebra. A los unos los devora porque es insectívoro y a las otras las saca a picotazos. Contaban que en la iglesia de Florencia entraban los tentes a Misa y que en el momento de la elevación se inclinaban, abrían las alas y agachaban la cabeza en señal de adoración. El que teníamos, se posaba en el espaldar del asiento que ocupara papá y le picoteaba suavemente la cabeza, como a él le gustaba.

La mica churuca tenía abundante pelo negro y lustroso. Mamá le hizo un vestido rojo y ella se sentaba como una verdadera revendedora de la plaza de mercado.

Con Alberto me paseaba por la huerta y arrancaba pequeños tomates, rojos y dulces. Mientras los saboreaba lamentaba, a mis cuatro años, el haber desperdiciado tan gran parte de mi vida, rechazando los tomates sin haberlos probado. El berenjenal crecía exuberante, enredado en su propios anillos. Más tarde comprendí por qué se decía que alguien se había metido en un berenjenal, cuando estaba en un lío muy complicado.

Mis vestidos consistían en unas lindas piyamas en tela de algodón, confeccionadas por mamá y Margarita Pérez. Cuando se aproximaba un avión, quizás con visitantes encopetados, mamá me vestía con mucho esmero. Yo le había oído contar a papá que en Palanquero los aviadores hacían unas picadas tan peligrosas, que los hombres que estaban en la pista tenían que tenderse en el suelo. Cuando yo escuchaba el ruido del avión que se acercaba, presa del pánico me tiraba al suelo y mi pobre mamá tenía que vestirme de nuevo.

El enfermero Bretón se enamoró de una linda campesinita huérfana llamada Leonor; vivía con una familia de colonos, quienes la tenían pisando boñiga para hacer adobe. Se casó con ella y la llevó a Potosí. Le pidió a mamá que por favor "le diera los toques". Años después me los encontré visitando a mis padres; Leonor era una señora elegante, con una conversación muy agradable.

Un día llegaron unas señoras de la alta sociedad bogotana. Una de ellas estaba casada con el Intendente del Caquetá. Llegaron desde Florencia en una lancha con el maquinista y un niño de unos doce años. Una de ellas era doña Saturia Samper y el niño era Chepito Esguerra.

Las señoras, unas tres o cuatro, habían salido de paseo con el ánimo de regresar a Florencia al mismo día. Pero al llegar a Potosí se sintieron tan a gusto y fueron tan bien atendidas, que decidieron quedarse otros días, pese a que solamente llevaban la ropa puesta y el vestido de baño, con el cual permanecían mientras les lavaban la ropa.

Chepito Esguerra era un niño tan bien educado, que mamá siempre se lo ponía de ejemplo a Alberto y no solamente en esos días, sino por mucho tiempo después  Por eso se me grabó su nombre. A Chepito le encantaba todo lo que servían en la mesa y con mucha cortesía preguntaba: "Señora Marujita, se podrá repetir?", cuando alguno de los alimentos era de su especial agrado.

Un buen día papá recibió un escueto telegrama del Intendente, que decía: "¡Atájelas!" Temía, tal vez con razón, que siguieran río abajo.

Así terminó esa visita que sería muy significativa en mi porvenir, como les contaré más adelante, cuando me reencontré con Chepito Esguerra, 45 años más tarde.

La guerra con el Perú finalizó con la firma del Protocolo de Río de Janeiro, en 1934. Sin embargo, la recuperación física de los soldados y su evacuación tardó casi un año más. Cuando estaba próximo nuestro regreso a Bogotá en avión, ocurrió en Medellín el accidente en el cual perdió la vida Carlos Gardel, al estrellarse su avión con otro en el momento del decolaje. Esto ocurrió el 24 de junio de 1935.

La noticia causó tanto pánico  que mamá aceptó regresar por tierra. Ya llevaba varios meses de embarazo, esperando a mi hermana Blanquita.

lunes, 29 de abril de 2013

CONOCÍ LA SELVA

El primero de septiembre de 1932, los peruanos invadieron el puerto de Leticia sobre el río Amazonas y expulsaron a las autoridades Colombianas. El presidente Olaya Herrera llamó a la cúpula militar, encabezada por el general Alfredo Vásquez Cobo, para dirigir las operaciones armadas. Los colombianos, divididos como siempre entre liberales y conservadores, cesaron su enfrentamiento y apoyaron unidos la soberanía nacional. Los ciudadanos contribuyeron con dinero y joyas para financiar la guerra. Muchos donaron sus argollas de matrimonio. Mis padres no quisieron desprenderse de ellas y colaboraron con dinero y con algo mucho más valioso como fue el alistamiento de papá en el Ejército, como médico militar.

Su primer destino fue la base aérea de Palanquero sobre el río Magdalena, en donde se inició la aviación militar. Los instructores fueron aviadores alemanes que habían quedado cesantes al terminar la primera Guerra Mundial.

Papá partió a cumplir con su deber patriótico y nos dejó encomendados a un colega suyo, el doctor Pedro Gonzáles, a quien le decíamos "Pedrito". Él me decía "rancho empajado", por mi abundante cabello esponjado. Ahora he caído en la cuenta de que me parecía mucho a Mafalda, con el gran lazo de cinta, y hasta me he identificado con su filosofía.

Papá tuvo que asumir como primera medida, el saneamiento de Palanquero en donde abundaban los pantanos, en los cuales se reproducía el anofeles. La tropa se enfermaba de paludismo y el tratamiento era la quinina.

Los aviadores alemanes eran muy déspotas y trataban mal al personal colombiano. Hasta el punto de que al peluquero Fonseca lo llamaban a secas "seca" porque no merecía el prefijo Von, que se antepone a los apellidos aristocráticos en Alemania. Papá tuvo varios enfrentamientos con algunos de ellos, pero aprendieron a respetarlo y a decirle doctor.

Para desplazar las tropas al sur del país era indispensable la aviación, por la dificultad de cruzar la extensa región montañosa y selvática de la geografía nacional. Los alemanes entrenaron a los primeros aviadores colombianos, que resultaron excelentes pilotos aunque solamente contaban con dos instrumentos de navegación: la brújula y una copa de aceite para ver el nivel del aparato y confrontarlo con el horizonte.

Los aviones eran bimotores anfibios, es decir, dotados de flotadores, porque no había pistas de aterrizaje y sí había ríos caudalosos que permitían el acuatizaje como el Orteguaza,. el Putumayo, el Amazonas y el Caquetá.

Mientras papá cumplía con su deber patriótico en Palanquero, me enfermé de sarampión y se me complicó con bronconeumonia. Pedrito Gonzáles me cuidaba con gran dedicación, pero llegó a perder la esperanza de salvarme porque en ese tiempo no había antibióticos ni vacunas. Margarita Pérez estuvo acompañando a mamá día y noche, y salía a comprar los remedios a cualquier hora, aun con lluvia, pese a su frágil salud.

Ana Pérez también fue valiente y decidida, cuando se trató de salvar la vida de Lucy Ortiz. Por ese tiempo vivían en Ubaté, porque Manuel había sido nombrado Juez en ese municipio. A Lucy se le presentó un ataque de apendicitis y en el pueblo no había manera de intervenirla quirúrgicamente; por lo penoso del viaje, no era aconsejable el traslado a Bogotá. Él médico de Ubaté recomendó la aplicación de hielo, pero en Ubaté no lo había. Ana llevó un gran bloque de hielo viajando sola en un coche de caballos, durante muchas horas. El bloque llegó recudo a la mitad, pero fue suficiente para salvar a Lucy.

Las Pérez fueron con nosotros unas verdaderas familiares. A falta de abuelitas, contamos con ellas. Ana había permanecido soltera porque su novio había muerto de gripa, en la epidemia de 1918; Margarita se consideraba viuda porque su esposo, Luis Leaño, se fue para Europa y nunca volvió. Mi abuela paterna había muerto de un coma diabético, cuando yo tenía seis meses y vivíamos en Suaita.

De vez en cuando, papá obtenía licencia para venir a visitarnos. En una de esas oportunidades, cuando ya había logrado sanear la zona, llevó a Alberto para que conociera los aviones.

Cumplida su misión en la Base Aérea de Palanquero, fue nombrado director del Hospital de Potosí, recién creado a la orilla del río Orteguaza, para atender a los militares heridos y enfermos. También se creó el Hospital de Primavera, más al sur, a cargo del doctor De La Hoz. Este hospital perduró más tiempo que el de Potosí, porque  una vez terminado el conflicto, era suficiente un hospital en la zona. Para evitar futuras invasiones, se creó la Base Aérea de Tres Esquinas, también sobre el río Orteguaza, en donde realizó la medicatura rural Fernando, mi hijo, el único de los nietos que heredó de papá la vocación por la medicina.

Se había hablado mucho del clima malsano de la selva; de los peces peligrosos que infestaban las aguas de sus ríos como las pirañas, los temblones y las anguilas que producen descargas eléctricas; de las culebras venenosas y de los indios salvajes. Pero todo eso era literatura. Potosí era un paraíso en medio de la selva. El clima era benigno aunque cálido y no había plagas; el río era de aguas mansas y los peces, como el bagre, surtían la mesa con abundancia; los indios huitotos y los coreguajes eran amistosos.

La guerra no fue tan sangrienta como se había previsto. Hubo varios enfrentamientos con el ejército peruano, el que finalmente se concentró en Tarapacá. Cuando los colombianos atacaron ese puerto, ya lo habían evacuado los peruanos. De manera que no hubo respuesta a los cañonazos de los buques colombianos.

No hubo muchas bajas en el ejército por causa de la artillería peruana; pero los soldados sufrieron las enfermedades tropicales. El coronel Herbert Boy estableció un puente aéreo para trasladar a los enfermos a los hospitales de Potosí y Primavera. En su libro "Una historia con alas", relata la campaña del sur y cuenta que la alimentación consistía en fríjoles con arroz al almuerzo y a la comida, para variar, arroz con fríjoles.

La falta de frutas y verduras era la cusa del beriberi y de la poca resistencia a las enfermedades tropicales  Desde su llegada, papá sembró una huerta que cuidaba con esmero y defendía de alimañas como las lagartijas, con certeras pedradas disparadas con cauchera.

También organizó un gallinero y una cría de cerdos. La carne de res era un poco escasa, pero se conseguía con un colono cercano que sacrificaba una o dos reses por semana. Si a esto se agregaba la buena despensa con que contaba el hospital, que a los alimentos básicos sumaba enlatados y licores importados, nadie podría quejarse de la alimentación.

En vista de estas circunstancias  papá decidió que mamá, Alberto y yo, y la imprescindible Bibiana, nos fuéramos para Potosí.




miércoles, 24 de abril de 2013

DE REGRESO A BOGOTÁ

Sin otro suceso importante  llegamos a Bogotá. Nos alojamos en la casa Tita y Manuel Ortiz. Una casa, con tanta historia, que aún me sueño con ella. Sigue en pie en la calle novena, entre las carreras sexta y séptima, frente al antiguo colegio de San Bartolomé. Es de cuatro pisos. En el primero hay un local, en el que funcionaba una botica. Al lado, la puerta que se abre a una escalera recta que conduce al segundo piso. Entonces era la zona social en la que había dos salas, el cuarto del piano y una habitación en la que vivía Benildita, la hermana soltera de Manuel. El "hall" estaba cubierto por bloques de vidrio que le daban luz y constituían el patio del tercer piso, en donde Manuel tenía una gran pajarera, con aves de muchas clases. A este patio que estaba cubierto por una marquesina, daban las alcobas, el baño y el comedor. Más al fondo, estaba la cocina y una escalera que llevaba a la azotea y al cuarto del servicio.

En la zona social no había más ventilación que la de las ventanas que daban a la calle, aunque permanecían cerradas para no deteriorar los lujosos muebles, casi siempre cubiertos por sabanas blancas. Era un ambiente fantasmagórico, en donde jugamos muchas veces a las escondidas Alberto, Alicia, Eduardito y yo, disfrutando la emoción del miedo a los fantasmas.

Tita y Manuel llevaban una vida social muy activa y eran frecuentes las fiestas, especialmente cuando Lucy estuvo en edad de merecer y le llovieron los pretendientes, porque fue muy linda y graciosa. Manuel era excelente pianista y buen compositor. Pero solamente tocaba el piano cuando a él se le antojaba y cuando no quería que lo molestaran con peticiones, se ponía un esparadrapo en un dedo.

Papá asistía a las sesiones de la Cámara, mientras mamá y Tita trataban de recuperar el tiempo de la larga separación. Iban a hacer las compras a la Calle Real, que se extendía por la carrera séptima, desde la Catedral hasta la Avenida Jiménez de Quesada. Generalmente, las compras consistían en telas y adornos, porque los víveres se compraban en las plazas de mercado, lugares atiborrados de "marchantes y revendedoras", a donde las amas de casa iban con sus peores prendas, su empleada del servicio doméstico y suficientes canastos para las provisiones de la semana y se compraban los pollos vivos. Era costumbre regatear los precios y cuidarse de disgustar a las revendedoras, expertas en insultos y groserías. Tenían la lengua tan venenosa, que cuentan las crónicas santafereñas que las personas enemistadas las contrataban para que fueran a insultar a sus enemigos.

Por ese tiempo comencé a sufrir de convulsiones, que causaron gran preocupación a mis padres, porque se desconocía su origen y eran muy fuertes. En algún momento, mamá me dejó al cuidado de Tita, mientras iba a hacer una compra a la Calle Real. Al frente de la casa habían abierto una zanja muy grande, porque se estaba ampliando el alcantarillado. Para salir hacia la Plaza de Bolívar y la Calle Real, había que darle la vuelta a la manzana. Cuando mamá acababa de salir, tuvo el pálpito de que me había dado otra convulsión. Regresó rápidamente y sin pensarlo dos veces saltó la zanja, pese a su pequeña estatura y a sus cortas piernas. Su corazón no la había engañado. Yo estaba sufriendo una de las peores convulsiones y la pobre Tita no sabia qué hacer conmigo. Gracias a Dios, las convulsiones no se volvieron a presentar desde el momento en que me salió la ultima muela de leche. Después se supo que las convulsiones eran producidas por la fiebre que me causaba la dentición.

Llegaron las vacaciones del Congreso. Olaya Herrera se fue para  Fusagasugá. Nosotros también nos fuimos a veranear a esa población.

Yo tenía dos años y de esa época tengo algunas imágenes sueltas, porque mi memoria es continua a partir de los tres. De Fusagasugá recuerdo la plaza con toldos blancos y a Bibiana que me llevaba alzada a comprar la carne. Yo tenía un canastico en donde el carnicero me echaba "la ñapa". Al llegar a la casa me la asaban sobre la estufa de carbón y era una delicia.

Otra imagen que tengo es bastante dramática. Estábamos al frente de la casa cuando pasó una recua, azuzada por los arrieros. En ese momento, Santiago Vanegas, un niño terrible, me quitó mi muñeco de caucho con figura de boy-scout y lo arrojó al paso de los caballos. Yo me lancé a salvarlo, pero papá me lo impidió tomándome fuertemente en sus brazos. Cuando pasaron los caballos, él mismo rescató a mi excursionista al que no le había pasado nada por ser de caucho y ni siquiera había perdido su sombrerito.

Aquí es necesario abrir un paréntesis para hablar de la familia Vanegas. La madre, Aura Maria Lasprilla, había sido amiga de mamá desde la infancia. Se casó con Rafael Vanegas, un militar muy apuesto. Tenían una casa muy grande, de dos pisos, en San Agustín. Ocupaba la esquina sur occidental de la calle 7a. con la carrera 8a. Hoy existe en ese lote un edificio del Ministerio de Defensa. Tuvieron cuatro hijos: Fanny y Cecilia, muy lindas; Rafael, de la edad de Alberto mi hermano y Santiago el menor a quien le decíamos Tití. La amistad fue de muchos años, aunque por épocas fue inevitable el alejamiento por causa de los viajes de unos y otros.

Cuando Aura María, enferma e inválida fue a vivir al barrio de San Luis, se reanudó la amistad estrechamente. Rafael Vanegas ya había muerto; Fanny se había liberado de un matrimonio desastroso y trabajaba en las relaciones públicas de la Feria Internacional. En el coctel de inauguración, al que asistí con Marceliano, la vi muy eficiente y elegante. Cecilia no se casó y trabajó mucho tiempo en el Banco de Bogotá. Rafael estaba dedicado a los negocios, manejando la fortuna familiar y Tití vivía en Estados Unidos.

Yo me encontraba frecuentemente con Cecilia y Rafael, en el sector del Palacio de Justicia. Un día le conté a Cecilia el incidente del muñeco. A los pocos días, Rafael fue a visitarme a la Biblioteca de la Corte Suprema de Justicia, para decirme que Tití vendría próximamente a Bogotá, que estaba recién divorciado y que me traería una muñeca de regalo. Pero nunca la recibí porque ocurrió la tragedia del Palacio de Justicia.

De las vacaciones en Fusagasuga, Alberto tenía un recuerdo muy especial de las tertulias con el Presidente y otros personajes de la política, a las cuales asistían también las familias. Después de haber sido saludado por él, Alberto decía que no se volvería a lavar la mano "porque estaba untada de Olaya Herrera".

Al término del veraneo volvimos a Bogotá, nuevamente a la casa de la calle novena. Nos dio tos ferina a mamá, Alberto y a mí. Mamá estuvo muy grave porque cuando les da a los adultos una enfermedad infantil, generalmente es fatal. Al malestar contribuía el encerramiento de esa casa y la poca ventilación. La salvación era salir de allí e ir a buscar aire puro al campo. Un parlamentario amigo le ofreció a papá una casa en Chapinero, pero no quiso comprarla aunque era muy barata, por estar en despoblado. Así que la tomó en arriendo. Contaba mamá que al llegar a esa casa, ya pudo respirar aliviada. Estaba rodeada por arboles y potreros. Había matas de curuba silvestres y cuando Bibiana me sacaba a pasear, me hacía marranitos con las curubas verdes y les ponía paticas con palillos partidos. Papá debía caminar un buen trecho por los potreros hasta la carrera trece, para tomar el tranvía que lo conducía al Capitolio. Esa casa existe hoy y su dirección es calle 51 No. 16 - 80.

De esa casa nos fuimos a vivir a La Candelaria. Según recuerdo, quedaba por la carrera cuarta, entre calles 13 y 14, en una calle tapada, que recordamos como "el callejón". En vano he tratado de encontrarla, porque debieron abrirla. En una tienda vecina comprábamos caramelos a cinco reales, es decir, a dos por un centavo. Conocimos los polares que vendían en carritos refrigerados, como las paletas de hoy.

Cuando Bibiana probó el primero, lo encontró tan frío que lo puso sobre la estufa. Cuando regresó por él y solamente encontró el palito, le armó una furrusca a la cocinera por robárselo.

Alberto entró al Instituto de La Salle, que quedaba cerca. Cuando llovía, el hermano Gastón lo llevaba a la casa bajo su paraguas.

Mamá siempre me llevaba con ella cuando salía. Íbamos muy elegantes, tanto ella como yo, porque así era la moda: sombrero, sobretodo, guantes y cartera. Hacíamos las compras en la Calle Real, comíamos milhojas con Kumis en donde Paulina Gracia, visitábamos a Tita y a sus amigas las Rubio, las Rizo, a los Vanegas, a su hermano Manuel, a Elvira y a Eduardito. Las Pérez nos visitaban con frecuencia. Me entretenían con la baraja española y me enseñaron a jugar burro, caída rapada y tute.

Con frecuencia nos encontrábamos en la Calle Real con "la loca Margarita", que ha sido muy famosa en las crónicas bogotanas. Siempre vestía de rojo con un gorrito del mismo color y usaba anillos en todos los dedos. Gritaba su lema "¡viva el partido liberal y abajo los godos!" Se ponía furiosa cuando alguien vivaba a los godos, por llevarle la contraria. Se decía que ella pertenecía a una familia distinguida y que había perdido la razón cuando en medio de tanta violencia política, su esposo había sido asesinado.

También veíamos al "bobo del tranvía", con su uniforme de soldadito de plomo persiguiendo los tranvías, tanto los abiertos como los cerrado que se llamaban "nemesias", porque los había traído don Nemesio Camacho, personaje prestante y adinerado, dueño de la hacienda en donde se construyó posteriormente el estado de El Campín. Años más tarde, siendo presidente Eduardo Santos, se trajeron otros tranvías cerrados, más modernos, a los que se les pintó el techo de plateado y se llamaron " las lorencitas", por la esposa del presidente, doña Lorencita Villegas, dama muy elegante que lucía el cabello platinado.

El conde de Cuchicute se paseaba por la Calle Real con su traje azul oscuro, capa española y cubilete.

Fue una temporada tranquila y muy agradable. Tuvimos el primer radio y nos divertían las propagandas, en especial la del chocolate Corona. La pasaban por la tarde, justo a la hora de las onces y ese era el llamado para tomarnos el chocolate con pandeyucas, almojábanas y queso.

Otra de las novedades era el cine. Íbamos a ver las películas de Laurel y Hardy, ( el gordo y el flaco), las de Shirley Temple, las de Diana Durbin, las de Micky Rooney y las de Tarzán con Jhony Weismuller, naturalmente en blanco y negro.

Los domingos, después de la Misa en alguna de las iglesias del centro, íbamos al parque de La Independencia para oír la retreta, ejecutada por bandas que interpretaban generalmente pasillos, bambucos, valses y trozos de zarzuela, constituyendo así un verdadero espectáculo cívico y cultural. Luego , nos llevaban al carrusel que era el único en ese tiempo y que durante muchos años proporcionó alegría a los niños bogotanos. Pero esa vida apacible y grata no podía durar mucho tiempo.